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Full text of "Las Visitas Extranjeras 1968 Pernetty Aguirre Et Al"

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LAS VISITAS EXTRANJERAS 


PERNETTY - AGUIRRE - ALVEAR - MALASPINA-ESPINOSA - A7ARA 












LAS VISITAS EXTRANJERAS 

PERNETTY - ALVEAR - AGUIRRE • MALASPINA - ESPINOSA - AZARA 


Introducción 

Innumerables viajeros visitaron nuestro país desde la más tem¬ 
prana época y trasmitieron sus observaciones e impresiones en forma 
de diarios, memorias, informes y ensayos. No obstante su desigual ca¬ 
lidad, derivada de la formación, el método, el estilo, los intereses y los 
prejuicios de cada autor, estos testimonios son fuente principalísima 
para el estudio de la cultura, la historia social y política, la flora, la 
fauna o la toponimia de la región. 

Pocos viajeros, sin embargo, desempeñaron un papel tan impor¬ 
tante como aquellos del último tercio del siglo XVIII. Hombres de su 
tiempo, de espíritu positivo y racionalista, desconfiaban de todo cuanto 
no fuera resultado de la observación y del cálculo, "evitando —como 
pretendía hacerlo Félix de Azara — juzgar por aproximación”. Se sen¬ 
tían firmemente instalados en el vértice de la mayor revolución inte¬ 
lectual que conoció la humanidad y participaban con entusiasmo de¬ 
nodado en el inventario del mundo. Clasificaban seres vivos en géneros, 
especies y variedades, medían valores de la gravedad de los cuerpos 
en los diferentes paralelos, calculaban coordenadas geográficas, obser¬ 
vaban la emersión de los satélites de Júpiter, y catalogaban estrellas, 
en su afán por descubrir las relaciones necesarias que derivan de la 
naturaleza de las cosas. 

Si bien su voluminosa obra científica contribuyó a enriquecer los 
conocimientos europeos acerca del ”verdadero sistema del Universo”, no 
fue menos significativa la influencia que ejercieron sobre la misma 
región que era objeto de sus estudios. La frecuente y, a veces, prolon¬ 
gada presencia en el Río de la Plata de hombres que eran portadores 
y trasmisores de las más altas expresiones del pensamiento y el saber 
de la época, operó como un revulsivo en la pequeña aldea, rompió el 
aislamiento, despertó curiosidad e interés por cuanto ocurría en el resto 
del planeta, acercó las armas intelectuales más afiladas, hizo conocer 
las prestigiosas ideologías de los colonos ingleses insurrectos, del re- 
formismo borbónico, de la gran revolución. Por lo demás, cada expe¬ 
dición que pasaba por el Plata sembraba una buena cuota de sangre 
nueva, que la seducción de nuestras costas arrebataba a sus tripula¬ 
ciones y que pronto echaban profundas raíces en el solar de adopción . 

Los seis textos, de Pemetty, Alvear, Aguirre, Malas pina, Espinosa y 
Azara que se reúnen en este cuaderno, cubren más de un cuarto de 
siglo de la vida de nuestra Banda Oriental. Unos pertenecen a hom¬ 
bres que sólo conocieron el país en visita de pocos días, otros a con¬ 
cienzudos observadores que permanecieron largas décadas en estas tie¬ 
rras, pero diferentes razones los hacen a todos ellos particularmente 
valiosos. 

Dom Antoine-Joseph Pemetty, benedictino de Saint Maur y ca¬ 
pellán de la célebre expedición francesa que, capitaneada por Louis- 
Antoine de Bougainville, se detuvo en nuestra ciudad desde el 28 de 
diciembre de 1763 al 16 de enero de 1764, dejó una de las más in¬ 
teresantes y amenas descripciones de la vida, los usos y las costumbres 
montevideanas. No obstante, habida cuenta de la credulidad de nues¬ 
tro cronista y la malicia de algunos de sus informantes y compañeros 
de viaje, deben tomarse con precaución aquellos pasajes de su relato, 
que registran hechos que no presenció personalmente. 

Dos jóvenes y brillantes marinos españoles, Juan Francisco Agui¬ 
rre y Diego de Alvear, comisarios, respectivamente, de la cuarta y se¬ 
gunda partidas demarcadoras de los límites establecidos por el Tratado 
de San Ildefonso (1777) y compañeros de Félix de Azara, que dirigía 
la tercera, dejaron una importantísima y fidedigna documentación: diez 
tomos de memorias el primero y cinco el segundo. El estancamiento 


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diplomático de las gestiones demarcadoras prolongó por varios lustros 
la estadía de los comisarios en el Río de la Plata y proporcionó, a 
Aguirre, la ocasión de realizar estudios geográficos e históricos que 
constituyen excelente autoridad y, a Alvear, para describir la flora y la 
fauna t( con arreglo al sistema de Linneo” y a los hombres y a las 
cosas con ojo certero. Los textos de Aguirre y de Alvear que se trans¬ 
criben, y están fechados en 1783, corresponden a los "Diarios” que por 
disposición real debían llevar los oficiales demarcadores. 

El viaje alrededor del mundo que realizaron entre los años 1789 
y 1794 las corbetas "Descubierta” y "Atrevida”, capitaneadas por Ale¬ 
jandro Malaspina, para relevar cartas náuticas, confeccionar derroteros, 
acopiar curiosidades para el Real Gabinete y Jardín Botánico e "inves¬ 
tigar el estado político del continente”, nos proporcionan los dos textos 
siguientes de esta antología. El primero corresponde al "Diario” de 
su capitán y el otro a un informe del teniente de navio José Espinosa. 

La expedición de Malaspina, en la cual participaron geólogos, 
botánicos, naturalistas, astrónomos, pintores y numerosos oficiales rea¬ 
les que luego tuvieron destacada actuación en el Río de la Plata, como 
José Bustamante y Guerra o Francisco Xavier de Viana, proporcionó 
a la metrópoli un tesoro de informaciones y observaciones científicas 
y, además, un agudo "examen político de los dominios ultramarinos”, 
que concluía proponiendo la "emancipación de las Colonias, divididas 
en tres grandes trozos o confederaciones”. Sostenía Malaspina —y ello 
le costó prisión y destierro — que era necesario templar la monarquía 
"de tal modo que, dividida en cuanto a sus intereses y gobernación 
interiores, sólo se halle reunida en un solo centro cuando se trate de 
los grandes esfuerzos nacionales”. 

Pero "quien justamente merece el título de Primer Observador y 
Pensador que ha tenido aquel (este) país para darse a conocer y me¬ 
recer su fomento”, según afirmaba Miguel Lastarria, ex secretario del 
Virrey Avilés, era el capitán de fragata Don Félix de Azara. En efecto, 
recién desembarcado en el Río de la Plata, Azara se sintió "precisado 
a meditar sobre la elección de algún objeto que ocupase mi detención 
con utilidad. Desde luego vi que lo que me convenía mi profesión y 
circunstancias era acopiar elementos para hacer una buena carta o mapa, 
sin omitir lo que pudiera ilustrar la geografía física, la historia natu¬ 
ral de las aves y cuadrúpedos y finalmente lo que pudiera conducir al 
perfecto conocimiento del país y sus habitantes”. . . "Por lo tanto, 
nunca di un paso sin llevar conmigo dos buenos instrumentos de re¬ 
flexión de Halley y un horizonte artificial. En cualquier parte que 
me encontraba observaba la latitud, aún en medio del campo, todos 
los días al medio día y todas las noches, por medio del sol y de las 
estrellas. Heñía también una brújula con pínulas, y con frecuencia veri¬ 
ficaba la variación comparando el acimut con el que me daban mis 
cálculos y la observación del sol. . .”, 

Infatigable, durante casi un cuarto de siglo, Azara continuó rea¬ 
lizando sus estudios y observaciones, pero son los últimos años de su 
permanencia en el Plata, aquellos que sin duda han influido más en 
nuestra historia. Hacia el final de su estadía cumplió varias y delica¬ 
das gestiones para la corona (reconocimiento de la frontera sur, fun¬ 
dación de Batoví, etc.) y redactó numerosas memorias e informes, al¬ 
gunos de los cuales, relacionados con el arreglo de la campaña "donde 
se observan los abusos consiguientes a la arbitrariedad de los particu¬ 
lares y al capricho y descuido de los gobernadores, que son los culpados 
de no haber propuesto las mejores leyes agrarias”, fueron publicados 
por aquella época en el "Telégrafo Mercantil” o en el "Semanario de 
Agricultura”. Son por demás conocidas las relaciones de Azara con el 
futuro Jefe de los Orientales durante el proceso de la fundación de 
Batoví, así como su influencia en la maduración del pensamiento 
agrario de Artigas. Se cierra este cuaderno con la "Memoria sobre el 
estado rural del Río de la Plata en 1801”, redactada por Azara en este 
último período, precisamente en Batoví y fechada el 9 de mayo de 
dicho año. 

Tales algunos de los hombres y de las ideas que los viajes de fines 
del siglo XVIII trajeron a nuestras costas. 


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Luis Carlos Benvenuto 







Dom Pernetty 


De las leyes, costumbres y 
hábitos de Montevideo (1764) 


M ontevideo es, en mi manera de ver, una colonia nueva. Hace 
veinticinco años, sólo se veían algunas casas. Sin embargo, es el único 
sitio cómodo para surgidero de los navios que remontan el río de la 
Plata. En la actualidad, es una pequeña ciudad que se embellece todos 
los días. Sus calles son tiradas a cordel y bastante anchas, como para 
que tres carrozas puedan pasar de frente. (En el lugar respectivo se 
encontrará una vista que he dibujado, tal como a nuestra vista se pre¬ 
sentaba, desde a bordo de la fragata "Aguila”, en su fondeadero, entre 
el Monte y la ciudad). 

Las casas no tienen más que un piso, bajo la armazón del techo, 
con excepción de una sola situada en la plaza principal, y que perte¬ 
nece al ingeniero que la ha mandado construir, para su residencia. Esta 
consta de una planta baja y una especie de buhardilla con una parte 
sobresaliente, en la cual descansa un balcón colocado en medio de la 
fachada. 

Cada casa burguesa se compone, por lo general, de una sala, que 
sirve de entrada, de algunos dormitorios y de una cocina, único sitio 
éste donde hay una chimenea y donde se hace fuego. Propiamente estas 
casas, no son sino una planta baja, de catorce a quince pies de altura 
comprendiendo el techo. 

Así la Casa del Gobernador, consta de una sala de entrada, la cual 
es una pieza en forma de cuadrilongo, que no recibe la luz más que 
por una sola ventana, bastante pequeña, con una vidriera, mitad papel, 
mitad vidrio, estando la parte baja de la misma cerrada por obra de 
carpintería. Esta sala tendrá quince pies de ancho, por diez y ocho de 
largo. De ésta, se pasa a la sala de recibo, que es casi cuadrada siendo 
más larga que ancha. 

Al fondo, frente a la única ventana que la alumbra, se ve una 
especie de estrado, ancho de seis pies, cubierto de pieles de tigre y en 
cuyo centro hay un sillón para la señora Gobernadora y a cada lado 
seis taburetes tapizados lo mismo que el sillón, de terciopelo carmesí. 

Toda la decoración consiste en tres malos y pequeños cuadros y 
algunos grandes planos, mitad pintados, mitad coloreados, todavía más 
malos en cuanto a la pintura. Los asientos para los hombres, ocupan 
los otros dos lados de la sala, formados por sillas de madera con un 
respaldo muy elevado, semejantes a las de la época de Enrique IV, 
teniendo dos columnas torneadas que sostienen un cuadro, que adorna 
el centro, el cual es tapizado en cuero estampado con bajos relieves, 
lo mismo que el asiento. La puerta de comunicación de esta sala al 
cuarto que sigue, donde duermen el Gobernador y su esposa, está cerra¬ 
da sólo por una cortina de* tapicería. Los otros dos ángulos de esta sala, 
a ambos lados de la ventana, están ocupados, uno por una mesa de 
madera, donde siempre hay una bandeja, para tomar el mate, y otro 
por una especie de armario sobre el cual hay dos o tres estantes, ador¬ 
nados con algunas tazas y platos de porcelana. 

La señora de la casa es la única que toma asiento en el estrado, 
cuando no hay más que hombres en su campaña, a menos que ella no 
invite a algunos, a sentarse en los taburetes al lado de ella. 

Generalmente estas salas no tienen piso adecuado, ni cielorraso, 
viéndose en el interior, los soportes que sostienen el tejado. 


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Los españoles de Montevideo son muy ociosos; ellos no se ocupan 
casi, más que en conversar en rueda, tomar mate y fumar un cigarro . 1 

Los comerciantes y algunos artesanos, en muy escaso número, son 
las únicas personas ocupadas en Montevideo. No hay allí, ninguna tien¬ 
da a la vista, ni tampoco letreros que la anuncien; sin embargo, suele 
encontrarse alguna en el ángulo formado por el encuentro de dos calles. 
Por lo demás, el mismo comerciante vende vino, aguardiente, géneros, 
ropa blanca y quincallería, etc. 

El terreno de los alrededores de Montevideo, es una planicie hasta 
perderse de vista. El suelo es negro, duro y produce abundantemente 
en cuanto se le somete al más ligero cultivo. No faltan sino quienes 
lo trabajen, para hacer de él, uno de los mejores países del mundo. 
El aire es sano, el cielo bello; los calores no son excesivos. Los bosques, 
sin embargo, faltan, y no se les encuentra .sino a lo largo de los ríos. 

Los españoles de Montevideo están vestidos, poco más o menos, 
como los portugueses de las islas de Santa Catalina; pero llevan, bas¬ 
tante comúnmente, sombrero blanco de alas retorcidas y de un tamaño 
desmesurado. 

Las mujeres son bastante bien, por la cara y su porte, pero no 
sabría decir hasta cuánto su color fuese el de la rosa o el del lirio; 
su tez es obscura y muy a menudo les faltan los dientes, o no son blancos. 

Su traje consiste exteriormente en un corset blanco o de color, sin 
ajuste y que sigue las proporciones del talle, que baja hasta más de 
cuatro dedos sobre la falda. Esta es de un género más o menos rico, 
según las posibilidades o la fantasía de la que lo lleva y está bordado 
de un galón o de una franja de plata, de oro, o de seda, algunas veces 
en doble hilera, pero sin flecos. En el peinado, no llevan, por lo general, 
ni tules, ni puntillas. Una sola cinta, pasada alrededor de la cabeza, man¬ 
tiene sus cabellos reunidos, en alto, los cuales pasando por detrás de la 
cabeza, caen en dos o tres trenzas sobre la espalda y a veces, hasta la 
rodilla. Ellas fundan ciertamente, su belleza en el largo de su cabellera. 

Cuando salen a la calle, se cubren la cabeza con una pieza de 

género fino blanco y de lana, adornado de un galón de oro, de plata 

o de seda. Esta pieza de género a la que llaman tquella o mantilla, 
cubre también los hombros y los brazos, y desciende hasta abajo de la 
cintura; cruzan las dos puntas sobre el pecho o las pasan por debajo 
de los brazos, como nuestras damas francesas lo hacen con su mante¬ 
leta. Cuando están en su casa generalmente no llevan este velo, pero 

en la calle y sobre todo en la iglesia, se lo arreglan de modo que no 

se les vea más que un ojo y la nariz: entonces es imposible reconocerlas. 

Las mujeres en sus casas tienen la misma libertad que en Francia. 
Ellas hacen sociedad de muy buen grado y no se hacen de rogar para 
cantar, bailar, tocar el arpa, la guitarra, la tiorba, o el mandolino. En 
esto son mucho más complacientes que nuestras francesas. Cuando no 
bailan se mantienen sentadas en sus taburetes, colocados, como ya lo 
he dicho, sobre un estrado en el fondo de la sala de recibo. Los hombres 
no pueden sentarse allí más que cuando se les invita, y un tal favor 
prueba una gran familiaridad. 

La manera de bailar de las damas, tiene algo de la indolencia en 
la cual ellas pasan sus días, aunque sean, naturalmente, muy animadas. 
En la mayor parte de los bailes, ellas llevan los brazos caídos, o cruza¬ 
dos bajo la mantilla, a la cual también llaman: rebozo. Bailando el 
zapateo, uno de los bailes más en uso, ellas levantan sus brazos en alto, 
golpeando las manos, como se hace algunas veces en Francia, cuando 


1 En Montevideo, ni tampoco en los establecimientos españoles de América, se 
fuma en pipa. Se fuma lo que los franceses de las islas Antillas llaman fumer en bout. 
Estos bout que los españoles llaman cigarros, o cigalos, o esgarres, son pequeños cilin¬ 
dros de seis o siete pulgadas de largo y de cinco o seis líneas de diámetro, com¬ 
puestos de hoja de tabaco, envueltas unas sobre otras desde un extremo a otro. Los que 
he visto fabricar en Montevideo, no son hechos más que de dos o tres hojas a lo sumo. 
Están envueltos muy ligeramente a fin de dejar libre pasaje al humo, por los intersti¬ 
cios que se encuentran entre ellos. Generalmente los dos extremos están ligados con un 
poco de hilo que impide que la hoja se desenvuelva; por eso se tiene cuidado de 
mojar con un poco de engrudo, muy claro, la última extremidad que completa la 
envoltura; se prende el extremo de este cilindro y se tiene el otro en la boca para aspirar 
en seguida el humo como se hace con una pipa ordinaria. Un español no anda jamás 
sin su provisión de cigarros que él pone en paquetes, en una especie de pequeño 
bolsillo o saco de cuero perfumado, un poco más grande que nuestro portafolios. 
Jamás se olvidan, principalmente al levantarse de la mesa, de ofrecer un cigarro a sus 
convidados. 


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se baila el rigodón. El zapateo se baila sin cambiar mucho de lugar, 
golpeando alternativamente la punta del pie y el talón. Apenas parecen 
moverse: diríase más bien que deslizan solamente el pie sin marchar 
con cadencia. 

Hay, sin embargo, un baile, muy entusiasta y lascivo que se baila 
algunas veces en Montevideo; se llama calenda y a los negros, lo mismo 
que a los mulatos, cuyo temperamento es fogoso, les gusta con furor. 

Este baile ha sido llevado a América por los negros del reino de 
Ardra, en las costas de Guinea. Los españoles, lo bailan como ellos, en 
todos sus establecimientos de la América, sin el menor escrúpulo. 

Sin embargo es de una indecencia que asombra a quienes no la 
ven bailar habitualmente. El gusto por ella es tan general y tan vivo 
que hasta los niños se ejercitan desde que pueden sostenerse sobre 
sus pies. 

La calenda se baila al son de instrumentos y de voces. Los actores 
se disponen sobre dos líneas, una delante de la otra, los hombres frente 
a las mujeres. Los espectadores forman círculo alrededor de los baila¬ 
rines y de los músicos. Uno de los actores entona una canción cuyo 
refrán es coreado por los espectadores, acompañado de palmoteo. Los 
bailarines levantan los brazos, saltan, giran, contorsionan el trasero, se 
acercan a dos pasos uno de los otros y retroceden en cadencia hasta 
que el sonido del instrumento o el tono de la voz les anuncia que se 
aproximen. Entonces se golpean el vientre unos contra los otros dos o 
tres veces seguidas, y luego se alejan haciendo una pirueta para reco¬ 
menzar el mismo movimiento con gestos muy lascivos, tantas veces 
como el instrumento o la voz dan la señal. De vez en cuando entre¬ 
lazan sus brazos y dan dos o tres vueltas, volviendo a golpearse con el 
vientre al tiempo que se dan besos, sin perder la cadencia. 

Puede juzgarse cómo nuestra educación francesa resulta sorpren¬ 
dida por una danza tan lúbrica. Sin embargo las historias de viajes ase¬ 
guran que tienen tanto encanto para los españoles de América y que 
la costumbre está tan fuertemente establecida entre ellos, que forma 
parte incluso de sus actos devotos: la danzan en la iglesia y en sus 
procesiones; hasta las monjas lá bailan la noche de Navidad sobre una 
tarima construida en su coro, frente a la reja que mantienen abierta 
para que el pueblo participe del espectáculo; esta calenda sagrada sólo se 
distingue de las profanas porque los hombres no bailan con las monjas. 

El Gobernador y los militares están vestidos a la francesa, pero 
no se rizan ni se empolvan el cabello, lo mismo que las mujeres. Por 
lo demás, igualmente viven en la mayor ociosidad. 

En cuanto al vestir de la gente del pueblo, los mulatos y los ne¬ 
gros, llevan, en vez de gabán, una pieza de género rayada en bandas 
de diferentes colores, abierta solamente al medio, para pasar la cabeza. 
Este abrigo cae sobre los hombros y cubre hasta los puños, descendiendo, 
por atrás y adelante, hasta más abajo de la rodilla, teniendo además 
un fleco a su alrededor; se le da el nombre de poncho o chony. Cuando 
montan a caballo, todos los llevan y lo encuentran más cómodo que el 
gabán o la levita. El señor Gobernador, nos mostró un poncho bordado 
en oro y plata, que le había costado trescientos y tantos pesos. Se hacen 
en Chile, hasta del precio de dos mil, y es de esta comarca de donde 
se ha llevado el uso a Montevideo. El poncho resguarda de la lluvia, no 
se abre al viento, sirve de manta para la noche y de cama en el campo. 

La manera de vivir de los españoles es muy simple. 

La costumbre hace que las mujeres y los hombres, se levanten 

muy tarde, excepto aquellos que están empleados en el comercio, perma¬ 
neciendo entonces de brazos cruzados, hasta que se les ocurre ir a fumar 
un cigarro con alguno de sus vecinos. Muy a menudo, se les encuentra 
delante de la puerta de una casa conversando y fumando. Otros, en 
cambio, montan a caballo, pero no para hacer un paseo por los alre¬ 
dedores, sino simplemente para dar una vuelta por las calles. Si les 

vienen ganas, descienden del caballo, se juntan con algunos amigos, 
hablan dos horas, sin decirse nada, fuman, toman mate y vuelven a 
montar a caballo. En general, es raro, encontrar un español paseando 
a pie: en las calles se ven tantos transeúntes como caballos. 

Durante las horas de la mañana, las mujeres, permanecen sentadas 
en los taburetes de sus salas, teniendo bajo los pies una estera cubierta 


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de mantas de indios o de pieles de tigre. Allí, tocan la guitarra o algún 
otro instrumento y cantan o toman mate, mientras las negras preparan 
la comida en su apartamento. A las doce y media o una, se sirve el 
almuerzo que consiste en carne de vaca, preparada de diferentes maneras, 
pero siempre con mucha pimienta y azafrán. Se sirve algunas veces 
guiso de cordero, que ellos llaman carnero, algunas veces pescado y 
raramente aves. La caza abunda en el país, pero los españoles, en 
cambio, no son cazadores, por cuanto este ejercicio los fatigaría. El 
postre está siempre compuesto de dulces. 

Después del almuerzo, amos y esclavos, hacen lo que ellos llaman 
la siesta, es decir, se desvisten, se acuestan y duermen dos o tres horas. 
Los obreros, que no viven sino del trabajo de sus manos, no dejan 
pasar estas horas de reposo. Esta buena parte del día perdida es causa 
de que se trabaje poco, siendo, por tanto, excesivamente cara la mano 
de obra. También debe provenir esta inercia de que el dinero, allí, es 
abundante. 

Es por esta razón, quizás, que no debe sorprender su indolencia. 
La carne, en efecto, no les cuesta otro trabajo, que matar, desollar y 
cortar el animal para prepararlo. El pan, del mismo modo, es bien 
barato. Los cueros de vacuno les sirven para hacer sacos de todas espe¬ 
cies y para cubrir una parte de sus casas. Estos cueros son tan comunes 
que muy a menudo se ven en pedazos desparramados, aquí y allá, a 
lo largo de las calles poco frecuentadas, en las plazas y en las paredes 
de los jardines. 

En realidad, pocos son los jardines que se encuentran cultivados, 
aun cuando cada casa tenga el suyo. Yo no he visto más que uno bien 
arreglado, y esto se debía, a que su jardinero era un inglés. Las legum¬ 
bres, de idéntico modo son raras. Lo que más se cultiva es el azafrán 
o carthamo, usado especialmente en las sopas y salsas. 

Es común que los españoles tengan una amante. Los que tienen 
hijos de ellas, les conceden una especie de legitimidad, reconociendo 
públicamente que son sus padres. Entonces estos niños los heredan más 
o menos como los hijos legítimos. Ser bastardo no avergüenza, porque 
las leyes autorizan este nacimiento al punto de conceder incluso a los 
bastardos el título de gentil-hombres. Tales leyes son más humanas 
por cuanto no castigan al niño inocente por el crimen de su padre. 

Las ceremonias de la religión son, más o menos, las mismas que 
en Madrid. Durante todo el tiempo de la misa, y a falta de órgano, 
un individuo, desde una tribuna, toca el arpa. No he visto demostra¬ 
ciones especiales de devoción, sino la de golpearse el pecho hasta cinco 
y seis veces desde el comienzo del canon, hasta la comunión. El rosario 
todavía está muy en boga, y casi es la única plegaria que se acostum¬ 
bra en Montevideo. Los portugueses de Santa Catalina, blancos, negros 
y mulatos, hacen todos gala de tenerlo. También tienen devoción al 
escapulario del Monte Carmelo; hombres y mujeres lo llevan. Por medio 
del escapulario y de las avillas se creen al abrigo de todos los peligros 
y seguros de su salvación eterna. Estas avillas, que se les ve colgadas 
al cuello, son unas especies de castañas de mar, parecidas a una haba, 
aplastada y redonda, del tamaño de un pequeño escudo, de dos líneas 
y medio de espesor; su superficie es granulosa de punto fino, color 
castaño claro, alrededor lleva una banda negra que da una vuelta casi 
entera. Yo he recogido muchas en la orilla del mar, en la isla de Santa 
Catalina, sin conocerlas, y he visto varias engarzadas en plata, en casa 
de un orfebre de Montevideo. Me dijo que, llevadas al cuello, preser¬ 
van del mal de ojo y de las brujas. 

En cada altar, hay una cortina extendida de arriba a abajo, delante 
de la principal imagen. En el comienzo de la misa, el sacristán tira 
del cordón que suspende la tela y descubre la imagen; cuando concluye, 
dejar caer la cortina y el cuadro queda oculto. 

No hay más que un eclesiástico en la ciudad que nos hizo muy 
buen acogimiento; él tenía conocimiento no sólo de lo que el Rey de 
Portugal hizo contra los jesuitas de sus estados, sino también lo que 
tanto el Parlamento como el Gobierno de Francia habían estatuido 
contra la Sociedad. Así, pues, me rogó que le diese por escrito, el 
extracto de lo que representaba el célebre cuadro encontrado entre los 
jesuitas de Billom, en Auvergne, cuando el inventario hecho de los 

342 . m .i ^ ^ 





muebles y bienes de estos Padres, después de la condena y supresión 
de su Instituto en 1762 y 1763 y la secularización de sus miembros. 
Yo satisfice su curiosidad sobre este monumento auténtico de la locura 
jesuítica. Este cura es hombre de buen sentido y es generalmente que¬ 
rido. El tiene una treintena de esclavos que ama como a sus hijos y 
a los cuales educa bien, dándoles en seguida la libertad, otorgándoles 
todavía 40 ó 50 toros para ponerlos en condiciones de poder vivir 
con independencia. El curato de este buen sacerdote, con sus recursos 
particulares, puede avaluarse en cuatro mil pesos. 

Encontrándome un día en casa del Gobernador le hice presente 
toda mi sorpresa de que los habitantes de Montevideo no trataran, 
ellos mismos, de procurarse sombra en sus jardines y en las plazas 
públicas, plantando árboles que sirvieran a la utilidad y al ornato. Me 
contestó, entonces, que esta decoración no faltaba totalmente en el país 
y que él mismo había hecho plantar un hermoso bosque en una casa 
de campo que poseía a dos leguas de la ciudad. Nos propuso ir, a 
caballo, al día siguiente después de mediodía. Nosotros aceptamos la 
cabalgata, en el deseo de ver el país y de comprobar lo que él y tantos 
otros nos habían referido de sorprendente y maravilloso sobre los ca¬ 
ballos del Paraguay. 

A la hora de la partida, M. de Bougainville, los principales ofi¬ 
ciales y yo, fuimos a casa del Gobernador, encontrando los caballos 
prontos. La señora Gobernadora, vestida de amazona, llevando un gran 
sombrero bordado en oro, con el ala dada vuelta a lo militar, montada 
en un caballo soberbio, cuya calidad igualaba a su presencia, se puso 
al frente de la cabalgata. Después de más de una hora de marcha 
llegamos al bosque del Gobernador, el cual es un huerto delicioso, 
formado de manzanos, durazneros, perales e higueras, plantados en filas 
poco regulares, con excepción de la del centro que tiene más de media 
legua. Un arroyo bastante caudaloso serpentea a través del vergel; las 
avenidas son muy agrestes a causa de la cantidad de plantas altas y 
bajas que crecen sin mayor cuidado. Sobre todo el toronjil se da en 
abundancia. 

Los árboles estaban tan cargados de fruto que la mayor parte de 
las ramas, no pudiendo soportar el peso inmenso, estaban quebradas. 
Todos los frutos —dícese— son excelentes; no pudimos comprobarlo, 
pues a pesar que tenían muy buena apariencia, no estarían maduros 
hasta fin de febrero. 

De este jardín se hubiera podido hacer un paseo encantador, pero 
el Gobernador no ha querido trabajarlo, pues él tiene el propósito de 
volver a Europa y fijar allí su residencia. 

Fue en este bosque, donde conocí a un franciscano, llamado el 
padre Roch, que era preceptor de los hijos de don Viana. Durante el 
paseo, conversamos en latín sobre algunas cuestiones de Física; me fue 
fácil cerciorarme que él casi no había estudiado sino en las escuelas de 
la Filosofía de Aristóteles. El mismo me lo confesó: "yo soy —me 
dijo— peripatético y scotista para toda la vida”. 

Comimos muchas veces en casa del Gobernador, que nos ha dado 
almuerzos y comidas tan espléndidas, como las que permite el país; 
pero los platos son preparados según la costumbre, es decir, la mayor 
parte con grasa refinada de vaca, la cual se sirve en vez de aceite y 
manteca, sazonados con tanta pimienta y carthamo hasta cubrir comple¬ 
tamente la carne. Sin embargo, teníase bastante cuidado de no poner 
estas especies en todos los platos. Bebimos vinos de España y de Chile; 
la vajilla era de plata, aun cuando también la había de porcelana. Un 
mantel muy corto cubría la mesa y las servilletas eran un poco más 
pequeñas que los pañuelos medianos, con fleco, naturalmente, o para 
hablar correctamente deshilacliados por los dos extremos. Comúnmente 
los españoles sólo beben agua en las comidas, trayéndose a cada uno, 
a los postres, una copa de vino, aun sin solicitarla. Cuando nosotros 
pedíamos vino con agua, se nos traía uno y después el otro y era 
necesario beberlos por separado. El vino de Chile tiene un color seme¬ 
jante a una poción de ruibarbo y de sen; su gusto se le aproxima bas¬ 
tante. Ese sabor puede ser debido al terreno donde se produce o más 
bien a los cueros de cabra embreados en los cuales se les transporta. 
En todo el Paraguay no se bebe otra cosa, acostumbrándose bien pronto 


343 




a su gusto, encontrándolo bueno después de algunos días. El es muy 
ardiente para el estómago y sea gusto o fantasía, los españoles prefe¬ 
rían el vino francés que nosotros habíamos llevado. 

El l 9 de enero fuimos a Montevideo, a presentar al Gobernador 
nuestros cumplimientos con motivo del año nuevo; no sabíamos que 
la ceremonia en este país, ha sido transferida, al 6 del mes, día de la 
Epifanía. El Gobernador estaba ocupado en constituir la Asamblea para 
el nombramiento de Oficiales de Justicia. En conocimiento que después 
de esta ceremonia, debía ir con todo su cortejo a la iglesia Parroquial, 
que ellos llaman la Catedral, concurrimos a las doce y media del día. 
Apareció en medio de los nuevos Oficiales de Justicia, llevando todos 
grandes varas blancas en la mano y de las cuales se servían, como de 
bastones, para apoyarse al caminar. Así atravesó la Plaza, en medio de 
sus oficiales, colocados en una misma línea, llevando su gran capa 
negra y su vara lo mismo que el Oidor de Santa Catalina. La cere¬ 
monia concluyó, como en Europa, con una misa y un gran banquete. 

Como Montevideo no está muy poblada, son alentadas las deser¬ 
ciones en las tropas extranjeras; durante nuestra estadía perdimos seis 
marineros y un colono destinado a las islas Malvinas. El Gobernador, 
a pedido de M. Bougainville, que prometió diez pesos por cada deser¬ 
tor que se le llevara, envió algunos dragones en su persecusión; pero 
no trajeron ninguna noticia. Yo pienso que aun si se les hubiese pro¬ 
metido cien, tampoco los hubieran detenido, pues está en el interés 
de España que quede el mayor número de hombres en el país, para 
poblarlo. 

No está permitido a ningún extranjero vender mercadería en 
Montevideo; sin embargo, a pesar de las dificultades que había para 
desembarcarlas y los peligros que se corría en venderlas, muchos de 
nuestros oficiales y gente de la tripulación que habían hecho sus paco¬ 
tillas, en la esperanza de venderlas en la Isla de Francia o en las Indias 
Orientales, donde suponían que iríamos, se desembarazaron de ellas. 
Como nuestro buque era el primero que arribaba al país después de 
la paz todo se vendió muy bien. Los guardias no confiscaron sino 
algunos paquetes, llevados imprudentemente; y M. de Bougainville 
aparentó aprobar duramente este rigor, lo cual persuadió a los espa¬ 
ñoles que él no autorizaba de ningún modo el contrabando. 

Por lo demás, dando algún dinero a los guardias españoles y 
también al oficial que los mandaba, se concluyó por no encontrar 
ninguna dificultad. La circunstancia notoria que nosotros no teníamos 
moneda española, y que la francesa carecía de curso en el país, hizo 
que M. de Bougainville, solicitara y obtuviera el permiso respectivo, 
para vender algunas cantidades de vino, aguardiente, aceite y muchas 
otras mercancías que le sobraban, abonando así las deudas del navio. 
En fin la buena inteligencia entre nosotros y los españoles duró todo 
el tiempo de nuestra estadía en Montevideo. 


Diego de Alvear 

Diario de viaje en la Banda 
Oriental (1783) 

(^ada uno de los pueblos se compone como de 50 ó 60 de las refe¬ 
ridas familias de maragatos, las cuales bajo la dirección política de un 
sargento, que las gobierna, viven en otros tantos ranchos que ellas 
mismas se han construido al estilo del país, de paja totora o espadaña 
y de las maderas de coronilla, tala, mataojo y otras de que están vesti¬ 
das las márgenes de aquellos arroyos. Tienen también su capilla y un 
sacerdote religioso encargado de las funciones espirituales. Su ejercicio 





diario es la agricultura, cultivando cada individuo la chacra o suerte 
de tierra que le cupo en la distribución hecha del distrito señalado al 
pueblo. Este por ahora se reduce a la corta extensión de una legua, o 
poco más, en contorno; mas la situación es ventajosa y de vista agra¬ 
dable, como escogida a propósito en campañas tan dilatadas, y la calidad 
del terreno la más pingüe, fértil y amena; pero como estas colonias se 
hallan tan a sus principios, son también muy cortos los progresos de 
sus habitantes. 

En el arroyo que hemos nombrado de los Canelones hay también 
otra pequeña aldea, llamada Nuestra Señora de Guadalupe, compuesta 
asimismo de 70 casas de paja cortadera y puntales, a excepción de dos 
recién construidas de cal y piedra; pero todas hechas con algún más 
primor, el que consiste no sólo en la distribución de ellas más acomo¬ 
dada, sino también que para darles mayor consistencia y lucimiento, 
embostaron las paredes con una mezcla bien batida, de bosta o estiércol 
de caballo y tierra blanqueándolas después con cal ordinaria, quedan 
las habitaciones abrigadas y decentes, y pueden durar de 15 a 20 años,/ 
con el solo cuidado de repararlas de cuando en cuando. La iglesia es 
de lo mismo; las calles tiradas a cordel con una gran plaza: y dista de 
Montevideo 9 leguas al norte. Guadalupe tiene de antigüedad desde 
el año 1778. Su vecindario sube a 2500 individuos entre criollos y 
europeos y maragatos, de los que muchos moran en sus estancias, fuera 
del pueblo. Dentro de su corto recinto se contaban hasta 12 pulperías, 
en que se vende vino, aguardiente, miniestras y otros comestibles, y 
alguna ropa de cargazón; y como esta especie de tráfico sea de bastante 
ventaja y algo más el de la compra y faena de cueros, son estos ramos 
a los que más se dedican los habitantes, desatendiendo en gran parte 
la agricultura, y reinando mucho la holgazanería u ociosidad, el juego 
de naipes y otros vicios. Los campos son fértilísimos, y de pastos tiernos 
y substanciosos para toda laya de animales y ganados. El arroyo dista 
como una milla de la población, y está sujeto a considerables crecientes, 
que no se puede pasar la mayor parte del año sino en canoas. Sus orillas 
abundan del árbol que llaman canelón, de que toma el nombre, de 
coronilla, de espinillo y frondosos sauces. 

En el cura de los Canelones, residen las dos facultades, espiritual 
y temporal o civil, y su jurisdicción se extiende a las capillas de Sta. 
Lucía, San José, Pando y otros arroyos del pago. Sus rentas y oven¬ 
ciones, que no bajan de 2.000 pesos, le abastecen de lo necesario y le 
dan para mantener un teniente cura; mas la iglesia no dejaba por eso 
de estar pobremente servida, y hasta con indecencia, abuso intolerable, 
digno de reparo. En el Colorado, Arroyo de las Piedras y Migueletes hay 
también sus capillas, pero éstas pertenecen ya al curato de Montevideo. 

Toda esta península, de que hemos hablado, se halla poblada de 
multitud de grandes estancias de la propiedad de los particulares de 
Buenos Aires y Montevideo. La extensión de cada una es diferente; las 
más comunes tienen de 4 a 6 leguas de frente y tanto o poco más de 
fondo, pero las hay también mayores de 8, 10 y hasta 15 y 20 leguas, 
como las de Alzáibar, Viana, Aguirre, García y otros sujetos hacendados 
que adquirieron derecho a tan vastos territorios, denunciándolos como 
valdíos, y pasando después a tomar de ellos posesión, colocando varios 
ranchos en aquellos parajes más dominantes y hacia los ríos y arroyos, 
que les servirían de límites, en virtud de un título o despacho expedido 
por el gobierno, en aquellos primeros años, que empezaban a poblarse 
aquellas ciudades. En el día sería muy conveniente dividir estas grandes 
comarcas, a las que nunca puede atender un vecino solo, en suertes 
más pequeñas y razonables y repartirlas a los demás. La agricultura y 
cría de ganado se fomentarían por este medio, y el Estado interesa 
bastante en esta determinación. 

Con todo en dichas estancias se cría un número de ganado vacuno, 
lanar y de cerda, y animalada, no menos considerable, mular y caballar. 

Hay estancias que alimentan 20, 30 y 40 mil cabezas, y aún las 
hay de 80 y 100 mil. Estos animales tienen de sí la inclinación de 
vivir en sociedad: andan juntos comúnmente en tropillas crecidas o 
manadas de 4, 6 y 10 mil cabezas a que llaman rodeos. Estos se aque¬ 
rencian en los cerros más elevados, en las lomas de mayor meseta y 
valles espaciosos. Allí pasan las noches reunidos abrigados de la inele- 

^^,,,-,,—,7,^.—~ 345 





mencia de los tiempos y libres de los insultos de los tigres, perros 
cimarrones y otras fieras de que abunda el país, y respetan siempre la 
estrecha unión de aquella gran república. Los estancieros se valen de 
esta propiedad del ganado para amansarlo y tenerlo sujeto. Sus peones 
salen a repuntarlo dos o tres días cada semana de todas partes, ojeando 
y dando voces; lo procuran volver sobre aquellos lugares más venta¬ 
josos, donde está iniciada la querencia; le dan varias vueltas y de este 
modo la acostumbran a un cierto número de rodeos en cada estancia, 
lo cuentan con facilidad, y el ganado se domestica, no extraña la gente, 
se deja gobernar al arbitrio de su dueño y no rebasa jamás los términos 
de su jurisdicción. 

Todos los años por abril y mayo suelen herrar la cría del ante¬ 
rior que regularmente sube a la cuarta parte del total, y aún al tercio, 
en años fecundos y en estancias de buenos campos, donde cuidan de 
conservar las hembras, y procuran de todos los medios el fomento y 
la multiplicación, quemando a tiempo los pastos duros y malezas, para 
que retoñen nuevos tiernos; proporcionando al ganado muchas y buenas 
aguadas; y sobre todo, exterminando las fieras que lo destruyan. La 
yerra es una de las operaciones más célebres de las estancias y para ello 
se convidan comúnmente todas las gentes del pago. El ganado se encie¬ 
rra a este fin en un gran corral o cerco de estacas; los peones de a 
caballo van sacando uno a uno los animales enlazados por las astas; 
y al salir por la puerta, otros peones de a pie que se hallan allí aposta¬ 
dos les tiran el lazo hacia las manos o pies sobre la misma carrera; y 
haciendo hincapié, asegurado el lazo con media vuelta dada al cuerpo 
voltean la res, sea vaca o toro, con una violencia increíble, y no menos 
destreza. A este tiempo llega otro peón, le aplica la marca caliente, y 
aflojando los dos lazos, la dejan ir libre. De este modo con una docena 
de hombres yerran en un solo día sobre 200 cabezas, y por el mismo 
estilo marcan los caballos, de que resulta que pierden muchos y los más 
quedan estropeados. En estas ocasiones suelen también practicar la cas¬ 
tración, y los novillos, por su gran cuero, mucha grasa, sebo y buena 
carne, rinden sin comparación mayor utilidad que los toros. La faena 
de cueros es otra de las maniobras comunes y vistosas de las estancias. 
Cuando la intentan, se destinan 10 ó 12, de los cuales el uno va ade¬ 
lante desjarretando los toros a la carrera, con una especie de cuchilla 
de acero bien templado, que por su figura llaman medialuna enastada 
en un asta de 3 ó 4 varas de largo. Otro sigue después acodillando 
los mismos animales que encuentra, ya tendidos por el primero con un 
chuzo largo y delgado a manera de daga para no ofender los cueros; 
y los otros finalmente se emplean en deshollar, y sacar la grasa y sebo, 
único despojo de la res que se aprovecha. Los cueros conducidos después 
a la estancia, si no lo hacen allí mismo, los tienden y estiran bien por 
medio de algunas estaquillas, para que se sequen mejor y más pronto; 
y últimamente los apilan en paraje alto, libre de humedad, y ventilado, 
teniendo además la precaución de apalearlas de cuando en cuando para 
preservarlos de la polilla a que son muy expuestos. En estas matanzas 
se deben reservar las hembras, y así está mandado, a lo menos hasta la 
edad de 10 ó 12 años que son fecundas, después se esterilizan, y se 
pueden matar. Los toros también de la mitad de este tipo, se separan 
de las vacas, y demás ganado nuevo, y andan apandillados en grandes 
porciones lo que facilita mucho la faena de .cueros. 

En las estancias bien arregladas, en aquellas pobladas ya de gana¬ 
do, con proporción a sus partes, la matanza o saca debe ser igual a la 
cría del mismo año, sin respeto a las hembras ni más atención que la 
de que recaiga su efecto sobre los animales de marca y de mayor edad. 
De otro modo el excesivo número devastaría bien pronto los terrenos 
propios, y no sirviéndole entonces de freno la querencia por falta de 
alimentos rebosaría a manera de un torrente por todas partes, rompería 
los antiguos diques y transmigraría a campos vírgenes cubiertos de 
yerba dejando desierta y desolada la estancia a su imprudente dueño, 
que no supo tomar justas medidas. En los años secos se agrega a la 
esterilidad de los pastos, la falta de abrevaderos o aguadas, y se dobla 
el riesgo de la deserción de los ganados. 

Antes de dejar este punto, demasiado importante, para que no haya¬ 
mos de volver sobre él en el discurso de este Diario, daremos idea del 


346 






lazo y de las bolas, armas únicas y terribles de las gentes de la campaña 
de que hacen un uso general y con que practican la mayor parte de 
sus maniobras. El lazo no es otra cosa que un torzal fuerte y muy 
flexible de dos, tres, o cuatro huascas o tiras de cuero y de 9 ó 10 
brazas de largo. En uno de sus extremos tienen una presilla de correa 
doble con su hojal y botón por la que se prende a la cincha del caballo; 
y en el otro extremo se le pone argolla de hierro, como de dos pul¬ 
gadas de diámetro, y bastante gruesa, con que se forma el seno o lazo 
escurridizo, que se arroja las más veces sobre la carrera del animal que 
se pretende enlazar. Para esto el jinete lo revolea con aire sobre su 
cabeza desde alguna distancia, y cuando llega a punto tira la malla 
abierta sobre la res, que persigue, y corriéndose la argolla, se estrecha 
fuertemente el lazo, y queda presa, ya por sus astas o cuello que es lo 
más común, ya por algún pie o mano, y a veces las dos a un tiempo. 
En este caso se procura tener el lazo tenso conservando siempre la 
distancia que permite, y ganando cuidadosamente en los diferentes es¬ 
carceos del animal, hacia aquella parte que se desea conducir, se logra 
su efecto con facilidad. Otras veces que el ánimo es matarlo para carnear 
o sacarle el cuero: se aguarda que se pare, lo que no tarda en suceder, 
bien con la irritación o cansancio, bien por la oposición de toda bestia 
a ser conducida y arrastrada con violencia: El peón fía entonces a su 
caballo, sin recelo de ser confundido, el cuidado de no ceder un ápice 
de su ventaja ni aflojar el lazo, lo que ejecuta el noble bruto con rara 
lealtad, manteniéndose firme como un poste, o marchando y aun co¬ 
rriendo cuanto le es necesario, para desempeñar la confianza de su señor; 
y dando éste un gran rodeo se acerca por detrás a su presa, y con un 
cuchillo que jamás le cae del cinto, la desjarreta y degüella a discreción. 

Las bolas o libes, arma no menos sencilla y útil que el lazo, pro¬ 
duce más efectos a mayores distancias, con más seguridad y menos 
riesgo del jinete. Este ingenioso instrumento se reduce a tres piedras 
redondas y sólidas, retobadas en cuero, y unidas después las dos de ellas 
por un torzal como de tres varas de largo, de cuya medianía pende la 
tercera, que es menor que las otras, por medio de otro torzal de la 
mitad más corto, de forma que quedan las tres a igual distancia del 
centro. Su tamaño es diferente según el destino: las que emplean para 
el ganado mayor son como balas de a 4, para los venaos y avestruces 
son menores, y aún las hay hasta de la magnitud de balas de fusil, de 
que suelen usar para las aves. Algunos las tienen de hierro, o plomo, 
otros de madera; aquéllas abultan menos y duran más, pero tienen la 
nulidad de romper los huesos y quebrar las piernas a los animales; éstas 
se destruyen pronto, mas tienen la excelencia de sobre todas, porque 
saltan más, y con sus rebotes facilitan tiros más largos y seguros, y 
conservan el ganado sin lesión, por cuya causa se sirven de ellas para 
los caballos. Los torzales deben tener un grueso proporcionado a las 
bolas, y además, de ser muy sobados y flexibles para que puedan girar 
en cualquier sentido, y a este fin los enseban frecuentemente, conser¬ 
vándolos escurridizos, correosos y nada expuestos a faltar en las oca¬ 
siones. Los libes alcanzan a la gran distancia de 50 ó 60 pasos natu¬ 
rales, y aún mayor según la pujanza y uso del boleador, que es doble 
o triple de la del lazo, y por esta sola circunstancia le hacen una ventaja 
infinita. Se arrojan del mismo modo a la carrera y a los pies de la 
fiera perseguida, para lo que se toma la bola menor en la mano, lla¬ 
mada por esto manija y revoleando las otras en círculo con violencia, 
se despiden abiertas, cuando se logra proporcionar el tiro. Desde luego 
las bolas con su impulso toman dos o tres vueltas a los pies del animal 
que se apretan por instantes con su mismo peso y flexibilidad de los 
torzales. El furioso bruto embravecido por aquel estorbo procura desem¬ 
barazarse a fuerza de saltos, coces y corcovos, se las estrecha y liga más 
y más, hasta que rendido y amarrado fuertemente con diversos enredos 
y ligaduras cae en tierra al arbitrio del sagaz enemigo que dispone de 
él a su salvoconducto, triunfando por todas partes la razón de la fuerza. 

Ninguna especie de animal o fiera se puede librar de semejante 
arma hasta las aves del cielo se ven muchas veces detenidas en medio 
de los aires a pesar de su velocidad, y perdido el uso de las alas y 
agobiadas del peso, caen a los pies del nuevo y diestro cazador. Mas 
como el hombre ha sido y es en todos tiempos el mismo, también ha 

.. a 347 






convertido ahora como en otra era, en su propio daño, los instrumentos 
de tan feliz invención y se hacen muchas muertes y robos con las bolas 
y el lazo. Con éste se arranca del caballo al mejor jinete, y arrastrando 
con violencia y furor perece sin defensas; con aquéllas perdida la menor 
distancia por la fuga, se bolea el caballo y detiene, y por un efecto de 
la más fatal execración se abusa siempre de los medios de la mejor 
industria. Una milicia constituida sobre el pie de montura, lazo y bolas 
de los gauchos o gauderios (así llaman a los hombres de campo) por 
la ligereza de estas armas, nada expuestas al orín, que excusan el peso 
y gasto de las municiones, su segura prontitud a obrar en todos tiem¬ 
pos, secos o de lluvia y finalmente por su mayor alcance, nos hace 
presumir, podría sacar alguna ventaja sobre el sable de la caballería 
de Europa, en algunas circunstancias de la guerra, no tiene duda que 
sería útilísima y a lo menos la novedad no dejaría de sorprender y 
causar su efecto en las primeras funciones. La fogosidad de los caballos 
europeos no sabría conservar su formación a los pocos tiros de bolas 
y el sable ni la bayoneta impedir los estragos del lazo. 


Juan Francisco Aguirre 

Noticias históricas y 
económicas sobre Montevideo 
(1783) 

listamos ahora en el caso de tratar de Montevideo y sus campos y 
es lo que vamos a practicar. No puedo menos de repetir que en todas 
mis noticias deseo la verdad y producir con la mayor sinceridad, como 
he dicho en otras ocasiones. Y por consecuencia que mis errores mere¬ 
cerán más disculpa en caso de que los haya como será natural. 

La fundación de Montevideo con título de ciudad y advocación 
de San Felipe y Santiago, tuvo principio del l 9 de Mayo de 1724, 
siendo gobernador de estas provincias del Río de la Plata, el Mariscal 
de Campo D. Bruno Mauricio de Zavala. 

Las familias que dieron principio a su establecimiento se hicieron 
venir de las islas Canarias al cargo de D. Juan Francisco Alzaibar, quien 
fue uno de los más distinguidos de la población. El nombre de Mon¬ 
tevideo se le da ya por el puerto conocido así por los antiguos al pare¬ 
cer por la vista del cerro. [. . . ] 

No cabe en la imaginación creer que hasta estos tiempos estu¬ 
viese abandonada una población tan precisa. Casi de por fuerzas sin 
más estímulo ya que el de no pasar por unos hombres sin rubor, se 
puede decir nos vimos a este establecimiento, para hacer existir los 
derechos del rey a estas posesiones que iban usurpando los portugueses 
y cuyos frutos, los ganados, eran para todos los extranjeros que apor¬ 
taban al río que no eran pocos. Por los años de 1720 establecieron 
los portugueses en este puerto una colonia. Se iba formando expedición 
para tomarla cuando en el de 22 la desalojaron y se retiraron a la del 
Sacramento, mandando el Sr. Felipe V se erigiera en plaza de fuerza 
arbitrando algunos caudales de su Real caja en el Perú y en cuyo augusto 
nombre conservará la posteridad esta fundación. 

Séase por falta de medios o descuido, así pasó hasta los principios 
de esta población la que en el día es cuando se conoce toda la impor¬ 
tancia de su situación. No podía ser menos efectivamente. Es casi único 
puerto en el río de la Plata; llave de las inmensas provincias de estos 
dominios; domina el tesoro de estas campañas que son los ganados; 
ha sido el principio de que se extienda la población que es en algún 






modo freno para que se contengan los portugueses en sus límites. 

Correspondiendo las providencias a este modo de pensar se ha 
procurado poblarla, fortalecerla y enriquecerla siendo ya en el día una 
colonia bien floreciente. La entrada y salida de la navegación a este 
puerto que como se ha visto es considerable, la fuerza militar que 
siempre se conserva en la plaza, y el crecido valor del tráfico de cueros 
que obtienen estos vecinos, son unos puntos de tanta estimación que 
cada vez harán más interesante esta fundación. 

La elección del terreno para ella fue una punta saliente al río y 
es la oriental que forma el puerto; muy buena elección porque a más 
de la comodidad de estar a la orilla, es una punta de lomada con decli¬ 
ve para dar salida a las aguas. 1 Hay manantiales en su cuerpo pero 
cortos por cuyo motivo están recomendadas las cisternas y se van 
haciendo aljibes. El terreno es de tierra y arena, sobre piedra en la 
mayor parte. El piso que por esta razón y la del declive, debía ser 
bueno, es no obstante fatal en tiempo de aguas; como no están empe¬ 
dradas el tragín necesario les descompone. 

El recinto que comprende la plaza es pequeño y ya en el día se 
empieza a notar falta de tierra para edificar. La mayor parte la rodea 
el río; y la menor es la comunicación de tierra. Lo sensible en este 
plan de formar el recinto fue que no avanzasen más a la campaña la 
fortificación, y es lo que se lamenta en el día; aún se dice por público 
que la disensión'entre el ingeniero que dirigió estas obras y Alzaibar 
fueron la causa de esto por dejar, como así está, la casa de este vecino 
fuera de muralla. Reflexionando sobre la situación de la plaza se conoce 
que la idea de los fundadores fue que aquel recinto se tirase por el 
llamado cordón y es su propio lugar. 

El método que se tuvo para delinear la ciudad fue una plaza en 
lo más alto del terreno y a la cual abocasen 8 calles las que después 
igualmente se subdividiesen a cuadras perpendiculares cada una de 112 
varas inclusas las 12 de ancho de la calle. La dirección que se las dio 
fue de N. E. S. O. y N. O. S. E. El terreno de la población comprende 
12 cuadras en la primera dirección y 8 en la segunda hasta las inme¬ 
diaciones de las orillas. De este método se exceptuó la casa de Gobierno 
que se llamó el Fuerte la cual se trazó en la dirección de los cuatro 
puntos cardinales. Y esta excepción que se tiene por defecto, a mí me 
parece muy bien hecha para evitar una constante uniformidad que repug¬ 
na al buen gusto; fuera de que el corte que hacen las calles y man¬ 
zanas adyacentes es muy graciosa. 

Muchos de los vivientes a quienes he hablado conocieron a Mon¬ 
tevideo formado de ranchos, que son las chozas de España; y se aturden 
contemplando la velocidad con que se ha levantado la ciudad. En ver¬ 
dad que está según la vemos: se compone de casas de materiales, la 
mayor parte piedra, bastantes de dos altos, las más de tejados, y algu¬ 
nas de azoteas; mas las que se levantan van por el estilo que se observa 
en Cádiz y sus cercanías, aunque ni de tanta capacidad, ni magnifi¬ 
cencia pero que siempre conservan en chico su vista alegre y como¬ 
didad de repartimientos. 

Claro es que los principios no pudieron ser otros que humildes 
y pocos hasta que los fundamentos de sus vecinos adquirieron los 
cimientos en que apoyar su levantamiento. La abundancia siempre atrae 
a los hombres; aquella es hija de la tierra, cuando la pueblan pocos; 
y esto con una feliz situación para el comercio, ha contribuido a salir 
sin gasto y casi de repente de aquella humildad. 

No por esto quiero persuadir que Montevideo sea capaz de po¬ 
nerse en las ciudades de primer orden; no por cierto, pues, aun hoy 
mismo se observa que bastantes cuadras no están edificadas y estos 
espacios llamados huecos no sirven para más que apilar cueros. Pero 
es fácil comprender que no se tardará en llenarlos, según se nota escasez 
en la vivienda y ocupación en el albañil. Y por último sólo en mi 
concepto por ahora merece Montevideo lo qtie entendemos con nombre 
de pueblo lindo. 


1 La plaza está levantada sobre el nivel del mar 25 1/6 varas cuya desnivelación 
hacia el puerto es próximamente de 4 Vi grados; en las otras no es tanto porque la 
loma se humilla hacia la jrnnta. 


’ju trJiiii : í iT -.r'u 


349 





Ningún edificio hay sobresaliente ni aun mediano. Dos iglesias 
hay ambas infelices. La primera la matriz o parroquia que se está 
arruinando y la segunda la de padres de San Francisco poco menos. 
Ya se habla de edificar de nuevo una y otra y se espera sean razona¬ 
bles. La matriz está en la plaza enfrente del Ayuntamiento, y San 
Francisco hacia el puerto. La capacidad de este convento ahora la hemos 
visto extenderse a una cuadra más que ha cercado sobre la marcha la 
comunidad obtenida la gracia del Exmo. Sr. Virrey. Es ya un cuadri¬ 
látero de dos cuadras de largo y una de ancho, terreno demasiado que 
hará falta. 

Los jesuítas tuvieron una capilla en una casa que levantaron para 
dar ejercicios y de la cual ahora no se hace uso. En el fuerte hay otra 
capilla pero que tampoco sirve ahora. Algunas órdenes de religiosos 
han solicitado fundar pero se ha negado por ahora. Hay un hospital 
general para ejército y marina, y parte del que se levantaba para los 
vecinos, pero está suspendida la fábrica. 

Antiguamente Montevideo era curato que alcanzaba a toda la po¬ 
blación de la campaña y entonces ascendía la renta a más de 6.000 
pesos. En la actualidad, o desde ahora 12 años, que su jurisdición sólo 
tiene el pueblo y de terreno hasta el arroyo Miguelete vale 2.000. Pasa 
por el mejor curato del obispado y su sacristía en un buen benefi¬ 
cio Real. 1 

La comunidad de San Francisco se compone como de unos 16 
religiosos y son el yunque del pasto espiritual del vecindario. Por consi¬ 
guiente las limosnas son abundantes, con las cuales y una chacra lo pasan 
bien, siendo una de las conventualidades más apreciables. Actualmente 
sin esta iglesia de castrense para la guarnición y también de Iglesia 
preferente para concurrir la ciudad a sus funciones de tabla, porque las 
disensiones y motivos que dio el cura que también se llama vicario han 
precisado al Exmo. Sr. Virrey a tomar semejante providencia. [... ] 

La población de Montevideo podrá regularse en el día como de 
6.000 personas o 1.000 familias, sin incluir nada de lo militar. Se 
compone de diversas especies de gentes o castas, entre las cuales es con¬ 
siderablemente mayor la blanca o española y entre ésta mayor la de 
Europa, respecto la patricia. 

La ocupación de otras gentes son el comercio y las artes precisas 
a toda población. En el primero puede suponerse el de los que com¬ 
ponen el de Europa y el del país; los géneros de uno y otro ya se 
comprenden. Pero a más de los vecinos que tienen considerables estan¬ 
cias de ganados, son muchos más los que tienen pocos o ningunos, pero 
estos últimos son los que se conocen con el nombre de gauchos, y 
todos suministran el cuero. Sin embargo todo ajuste y giro se hace a 
moneda cuya especie no escasea. 

Según algunos informes, aunque no tienen más apoyo que el juicio 
de los' prácticos, puede regularse que esta población y sus dependencias 
consumen un millón de pesos anualmente. En esta suma debe entrar 
el mayor renglón del consumo que es aquella circulación tan ventajosa 
a toda población de los sueldos militares. La entrada de los géneros 
de Europa que se nota aún en guerra es considerablemente mayor al 
del consumo referido. Cuando llegue la paz no cabe duda se venderán 
estos efectos a menos de principal y costos. La extracción de cueros 
para Europa será un promedio de 300.000 al año. 

Actualmente con el motivo de la guerra pocos son los cueros que 
se embarcan; y está la plaza llena de pilas en muchos huecos. Repútase 
que haya como millón y medio de ellos, lo que es un tesoro, pues al 
precio menor de 2 pesos que es el del día son 3 millones. Se trató 
sobre si sería conveniente llevarlos a tierra dentro y al fin se dejaron 
a la suerte de la plaza. 

En estas pilas es donde se conoce la corpulencia y sustancia de los 
ganados de este país pues en la actualidad, he visto más de dos pilas 
en las que ningún cuero baja de 70 libras y muchos pasan de 80. Esto 
verdaderamente es un prodigio; pero es el caso que este peso debido 
al grueso del cuero, más que a su magnitud, es justamente lo que le 
hace menos apreciable en Europa, porque se ha reconocido procede de 


1 En 1796 vale el curato 3500 pesos y la sacristía 1000. 


350 




conservar mucha gordura, la cual fermenta en las tenerías y por consi¬ 
guiente se corrompen. Remedios hay para que desde luego se compon¬ 
gan estos defectos, pero serían más costosos que el principal, cuando 
con todo este defecto siempre es preciso y útil en Europa. 

Cada pila viene a ser desde 300 a 500 cueros, levantada como un 
pie del suelo sobre piedras para que las aguas corran por aquel claro; 
se empieza la pila sobre cuatro cueros y prosiguen diferentes capas del 
mismo número sobre otras, hasta formar un cubo de 3 varas aproxima¬ 
damente. Llevar la pila de modo que no discrepe por su superficie 
mucho del plano horizontal y por la exterior de cada lado del vertical, 
es lo que rectifica el maestro apilador, por el conocimiento de los dife¬ 
rentes gruesos de los cueros, y magnitud de los mismos. Concluida la 
pila se tapa con cueros abiertos y se pasan diferentes vueltas y amarras 
de correas o guascas, para que quede asegurada la pila contra vientos 
y aguas. Pues quedando bien acabada ni aquéllos ni éstas las hacen 
impresión. 

El cuero en la pila está doblado por medio y conserva sus garras, 
esto es los extremos de pies y manos, los cuales quitan para embarcarlos, 
pues siendo mucho más gruesas que el resto del cuero harían malísima 
estiva. En el comercio un cuero son 40 libras 1 y sobre ellas se regulan 
el número de cueros, se han más o menos para deducir los derechos 
que son dos pesos por cada uno al ramo de guerra provincial y 4 por 
ciento de alcabala, regulado el cuero al precio corriente. El referido 
de dos pesos es el más bajo porque cuando empiece la saca tal vez 
subirá a 20 reales y aún a 3 pesos. 

El cuero es un género que necesita continuo cuidado por que está 
expuesto a la cría de la polilla, que le haría una criba e inutilizaría. 
Para esto no hay más remedio, que sacudirlos con frecuencia, esto es, 
agarrar el cuero dos peones con una mano cada uno y en la otra un 
palo y golpearlo hasta que se conceptúe limpio. Este ejercicio, siempre 
que los cueros no tengan pronto embarco, exige del dueño de las pilas 
continuo entretenimiento de peones, con que se van aumentando los 
costos de estos efectos. 

Hasta ahora que han venido los catalanes, no se hacía ningún uso 
de los desperdicios del cuero y res, pero la agencia de éstos nada deja, 
pues se llevan garras, astas, piel de caballo, burro y hasta crines, que 
son por ahora los efectos propios del país que se embarcan. 

Entre los vecinos de Montevideo, se cuentan dos o tres caudales 
de más de 100.000 pesos y de menos poco más, quedando en lo común 
un pasar desahogado. 

Los alimentos principales que son carne y pan son baratísimos. El 
abasto es libre y todos venden lo que quieran. Extramuros se hallan 
diferentes corrales para los novillos, que son toros castrados, en cuyas 
inmediaciones se matan y traen la carne en carretillas a la plaza. En 
el día tiran los dueños a sacar de 2 pesos a 3 por la carne de una res, 
fuera del cuero, grasa y sebo, vendiéndose al tiento por medios y reales; 2 
por un real sale más de una arroba y en esta parte hay tanta abundan¬ 
cia, que se deja a la discreción de la familia, colgada en la cocina, 
donde siempre sobra. 

El hervido y el asado de carne es lo fuerte de estas gentes y causa 
admiración ver la prodigiosa cantidad de carne que se come. No es exa¬ 
geración nada de lo que se dice, pues veo todos los días que la cuarta 
parte de una res entre cuatro esclavos, sin que les falte pan y otras 
cosas, es su consumo regular. 

La abundancia de la carne, de cueros y garras, es motivo que se 
vean en Montevideo tantos desperdicios por las calles de estas cosas, 
las cuales sirven de alimento a perros, puercos y ratas que abundan 
igualmente. Por esto hay orden general de matanza de animales, que 
sirven para los presidiarios, por lo regular instrumentos de estas muertes. 
No cabe ponderación en esto particularmente de ratas, pues hasta entre 
los pies pasan de noche a uno, y, lo que es peor, que minan las casas 


1 Este cuero está regulado para el embarque: en la compra es por las garras 41 
libras. En Buenos Aires es de 35; llámase también pesada. 

2 Este abasto está por remate, comunmente a 8 reales sale el cuarto a 2 pero el 
resto de la res o partes menores, aumentan los aprovechamientos. 


351 









con mucho detrimento de ellas. La ciudadela es uno de los edificios más 
deteriorados por esta causa. 

El pan es rico y suele venderse a medio uno que pesará dos libras 
Harinas hay cuantas se quiera y el quintal de la floreada es de 4 pesos. 
Es natural que dentro de poco se haga ramo de comercio este efecto. 

El agua se vende en carretillas tiradas por cuatro bueyes y es 
particular la corpulencia de los de este ejercicio; conducen por justo 
una pipa, cuando parece que podrían arrastrar una torre. El valor de 
cada una de aquellas es 8 reales. 

Se consumen caldos de Europa y de la tierra y hay abundancia. 
Caza y pesca se puede adquirir cuando se quiera aunque por ahora no 
es mucho; de la primera hay patos, perdices grandes y chicas, becacinas, 
palomas, tórtolas y cotorras; de la segunda congrios, corvina, que son 
tal cual, pejerreyes, lenguados y de los comunes surubíes; los catalanes 
salen ahora algo al río y traen la primera especie. 

La plaza está surtida de varias especies de menestras, verduras y 
frutas, que se cultivan en estas inmediaciones. Entre las frutas sólo hay 
especies de Europa y ninguna americana porque el clima no las produce 
aunque se ha procurado de plantarlas. La manzana es la que por ahora 
se encuentra ser rica; la pera es rica y el durazno tiene mucha opinión; 
la frutilla o fresa es de tamaño [. .. ] grande, pero no como el gusto 
y a excepción de ésta que es escasa, pues no dan más de trfes por medio; 
de las otras hay abundancia como también de melones y sandías. Entre 
las verduras hay alcahuciles, alcachofas, lechugas de diversas especies, 
coliflores, repollos, etc. y cuanto se quiera. Lo mismo se puede decir 
en cuanto a menestras, y en esta parte es de celebrar lo que produce 
el trigo, pues a más de ser un grano grueso y sustancioso, está regu¬ 
lado que nunca baja la cosecha de 20 por uno. 

Las chacras están por estas inmediaciones a orillas de un arroyo 
llamado de los Migueletes. El tiempo de sus producciones como también 
de sus flores es desde la primavera al otoño, y por esta circunstancia 
suele ser ocasión de paseo. En una palabra el país ofrece conveniencia 
y regalo. 

El vestuario de estos habitantes no diremos que es magnífico pero 
si rico y a la moda que viene de Europa. Los paños finos; las medias 
de seda y otras telas de este género son generales, pues es más grande 
el número de los que lo consumen, que el que se viste de géneros ordi¬ 
narios. No falta el traje militar en los hombres, pero lo general es de 
capa. Ninguna mujer se peina andando siempre de redecilla, al estilo 
y traje de Europa. Y es de celebrar que las más de las señoras, cosen, 
cortan y labran sus trajes, sin más necesidad que ver un original venido 
de allá. 1 

La concurrencia militar de armada y ejército, mercantil, etc. que 
hemos referido, forma en Montevideo una sociedad según el humor 
que reina en la mocedad. El baile, el juego, el paseo y la galantería, 
no escasean; ni tampoco las tristes consecuencias de tal vida, como son 
disgustos, desavenencias y desgracias. 


1 Siguiéndose el estilo de España, cuando se ha hecho común el peinado, sucede 
aquí lo mismo: la redecilla se ha desterrado. En los hombres igualmente es ya general. 


352 






Alejandro Malaspina 


Estada en Montevideo. 
Excursiones y aprestos para 
la campaña sucesiva (1789) 

C 

ept. 20. — La noche apacible nos dio lugar a concluir casi de un 
todo la faena de amarrarnos según la costumbre del puerto, tendiendo 
por largo y por la proa dos cables, uno al sudoeste y otro al sudeste, 
y sujetando la popa con un calabrote al norte. En esta posición demo¬ 
raban, la cumbre del cerro al oeste; su punta saliente con restinga al 
oestesudoeste; las piedras negras del fondeadero al norte 3 ? 0’; al fondo 
16 pies, lama suelta con viento del sur y 13 con las vaciantes del norte. 
Distábamos como un cable y medio de la "Sabina” y dos y medio del 
muelle. La "Atrevida” se amarró del mismo modo y a corta distancia 
de nosotros. 

No parecía a primera vista asequible el levantar el plano del río. 
Debía ser objeto más bien de muchos meses que de pocos días. El 
emprenderlo sin esperanza de concluirlo bastaba para retraernos de 
toda idea de esta especie, ni por otra parte debíamos sacrificar a esta 
obra un día siquiera del próximo verano, destinado con preferencia a 
las costas patagónicas y tierras del Fuego. 

Pero examinados con más madurez estos obstáculos y bien gra¬ 
duadas así nuestras fuerzas, como el tiempo indispensable de nuestra 
permanencia en el puerto, no sólo por la estación temprana, sino tam¬ 
bién por los muchos aprestos que necesitaban los buques empezaron a 
disiparse las dificultades y a parecer fácil el que una Oficialidad activa 
e inteligente y un acopio de instrumentos astronómicos y geodésicos, 
cual era el de las corbetas, combinasen en sus pasos esta nueva utilidad. 

Establecido el observatorio en Montevideo, en el cual al mismo 
tiempo se comparasen cotidianamente los relojes marinos y se empren¬ 
diese una serie no interrumpida de tareas astronómicas, así para la 
determinación de la longitud como para coadyuvar a los progresos de 
la misma Astronomía, podíamos mirar este punto como el centro o 
reunión de nuestras excursiones, y convidaban a ello: no menos su 
posición casi equidistante de todos los parajes importantes que debía 
abrazar la carta, que el paradero en él de las corbetas, el cual nos daba 
lugar a trabajar con más descanso y a no omitir el apresto más breve 
de ambos buques. 

Desde el día siguiente quedó, pues, decidido, que don José Bus- 
tamante y los Oficiales subalternos Valdés, Quintano, Concha y Vernacci 
pasasen en una sumaca 1 a Buenos Aires; y de allí, con auxilios que el 
Virrey les prestase, emprendiesen el reconocimiento de la costa meri¬ 
dional del río desde aquella capital hasta el cabo San Antonio. Tomaron 
otros a su cargo el reconocimiento de la costa hasta Maldonado. No 
quedaría después sino la parte comprendida entre Montevideo y la 
Colonia del Sacramento, la cual sería fácil explorar al regreso de 
Maldonado. 

Los tiempos no permitieron navegar a Buenos Aires antes del 28. 
En el entretanto se aprovecharon todos los instantes para que don 
Felipe Bausá midiese una base en el fondo de la rada y otra hacia la 
punta Las Carretas, y con marcaciones correspondientes emprendiese 
el plano del puerto y la situación de los puntos adyacentes. Fue luego 
en la mañana del 26 a marcar con el teodolito desde lo más alto del 
monte Urdeo todos los puntos a la vista, entre los cuales el Pan de 


1 Sumaca es una especie de goleta con cubierta y sirve sobremanera para la na* 
vegación del río. 


353 







Azúcar y la isla Flores tomada en sus extremos, eran objetos de la 
mayor importancia para nuestro intento. 

Le acompañaron también don Antonio Pineda y don Luis Nee. 
Habían ya herborizado y cazado en las inmediaciones del pueblo; en¬ 
contraron, no obstante, en qué pacer su curiosidad y confirmaron la 
primera idea de la suma abundancia en aquel suelo de plantas aún no 
bien conocidas en las descripciones botánicas. 

Las primeras comparaciones de los relojes nos habían indicado 
que su movimiento era bien diferente del que le habíamos determinado 
en Cádiz. El 61 había disminuido de 3” diarios, próximamente. Había 
aumentado su retardo el número 13 hasta 1* 11” diarios y el número 
72 aceleraba de 14” a 16” por cada día medio. Pero reducidos sus 
resultados a la isla Lobos, situada por las observaciones astronómicas 
hechas por el Brigadier don José Varela, en Montevideo, podía conje¬ 
turarse que sólo el 72 había padecido esta alteración en la época en 
que lo habíamos sospechado. Los 13 y 61 combinaban su marcha primi¬ 
tiva con una longitud tan aproximada, que el primero sólo daba 4* 
menos y el otro 14 de la que inferimos después de nuestras opera¬ 
ciones, 1 y así nos confirmaban en la seguridad que la situación deter¬ 
minada a la isla Trinidad y sujetada particularmente al 10, poco o 
nada se apartaba de la verdadera. 

La diferencia de meridianos entre la isla Lobos y Montevideo fue 
de l 9 24’ 42” por el número 6l. Resultó la de l 9 24' 8”, por un 
promedio de los números 10 y 105 de la ‘'Atrevida”, conformes con 
nuestras operaciones trigonométricas. 

Sept. 27. — Ya el 27 de septiembre don José Bustamante y los 
Oficiales destinados a Buenos Aires habían determinado emprender el 
camino por tierra hasta la Colonia del Sacramento, y de allí con la 
chasquera, o embarcación del correo, transitar inmediatamente a aquella 
capital. Quedó Vernacci con el cuidado de conducir por agua la colec¬ 
ción de instrumentos de la “Atrevida” y el cronómetro 61, y tuvieron 
orden de acompañarle un pilotín y un soldado de la marina. El camino 
a La Colonia, que los naturales suponen de 42 a 44 leguas apartándose 
mucho de la orilla para vadear con más seguridad los arroyos, resulta, 
no obstante, mucho más corto en nuestros planos. Pasa por el Canelón, 
el Campamento, San José, Jufre, Rosario y El Sauce, en donde hay 
puestos de dragones con caballos del Rey. Estos se franquean al pasa¬ 
jero con un dragón que le acompaña mediante un paso u orden de 
auxilios del Gobierno de Buenos Aires o Montevideo. Los chasquis, o 
extraordinarios, los correos periódicos y la comunicación hasta los 
puestos del Río Grande, por Maldonado, llegan así, a su destino con 
una brevedad de la cual fuera difícil dar una cabal idea sin temer de 
ser tachados de exageración. No faltan en el camino algunos pueblos 
y aun muchas estancias 2 * en donde el pasajero pueda encontrar un 
buen acogimiento. La carne y la leche allí son frutos más bien de la 
naturaleza que de la industria, y pueden caracterizarse de ningún valor. 

Los Oficiales llegaron a La Coronilla en la noche del 28, y en la 
mañana siguiente a Buenos Aires, casi al mismo tiempo en que fon¬ 
deaba la sumaca en la cual Vernacci conducía instrumentos y relojes. 
En una travesía de pocas horas, y sujetado a comparaciones anteriores 
y posteriores, había determinado el número 61 la diferencia de meri¬ 
dianos entre nuestro observatorio de Montevideo y la casa del Cabildo 
de Buenos Aires, de 2 o 10’ 22”, igual absolutamente a la que había 
deducido de sus observaciones el Brigadier don José Varela. 

La actividad de nuestros oficiales encontró la correspondiente pro¬ 
tección en el señor Marqués de Loreto, Virrey, a la sazón, de aquellas 
provincias. Establecieron un observatorio en el cual diferentes distan¬ 
cias meridianas al cénit, tomadas al norte y al sur con el cuarto de 
círculo, determinaron la latitud de 34° 6V 39”. Emprendieron una 
serie de triángulos sobre base medida, llevándola hasta la ensenada de 
Barragán, sin permitirles el terreno penetrar más al este; y dispusieron 


1 Como se verá más extensamente en el "Diario Astronómico”, las observaciones 
correspondientes a las nuestras han aproximado mucho más aquellos resultados. 

2 Llaman estancia en la provincia de Buenos Aires a un terreno determinado en 

donde haya pastos y ganado vacuno. 


354 






H i j n jr r 


la total habilitación del paquebot "Belén” y una chalupa, pues era 
preciso preferir un reconocimiento por mar a los que pudieran inten¬ 
tarse por tierra, no menos por las dificultades que ofrecían las distancias 
y caminos, como por el riesgo funesto a que podía arrastrarlos la suma 
proximidad de los indios pampas a las orillas del cabo San Antonio. 
Se encargaron de esta operación importante los oficiales Concha y 
Vernacci, embarcándose en el "Belén”. El 10 de octubre se perdieron 
de vista ambos buques, y el 12 regresaron a Montevideo don José Bus- 
tamante, don Cayetano Valdés y don Fernando Quintano, con una tra¬ 
vesía de veinticuatro horas. 

Desde el 29 del pasado septiembre, sistemadas, como ya se indicó 
todas las medidas para la prontitud de los aprestos, se había empren¬ 
dido por tierra también el reconocimiento de la costa desde Montevideo 
hasta el cabo Santa María. Iban el reloj 105 del comandante de la 
"Atrevida”, algunos sextantes, un teodolito y todos los utensilios para 
medir bases y sondar, y se habían unido a don Felipe Bausá y a en¬ 
trambos naturalistas, el Capitán de Fragata don Santiago Liniers, segundo 
comandante de la "Sabina”, y el piloto don José de la Peña, siendo 
de la mayor utilidad, así la pericia del segundo en el conocimiento de 
las costas, como la destreza del primero en acopiar por medio de la 
caza mil objetos útiles a la Historia Natural. 

El 30 por la noche estuvieron al pie de la montaña denominada 
el Pan de Azúcar. Con este motivo, a la siguiente mañana determinaron 
subir a la cúspide Bausá y Peña para hacer marcaciones con el teodo¬ 
lito en todos los puntos de la costa. Pineda, Nee y Liniers, con el de 
examinar científicamente un suelo montuoso que en aquellos países 
debía dar otro semblante a la naturaleza, del que presentan las inmen¬ 
sas pampas o llanuras que le componen por todas partes. 

Era bien el fin del crepúsculo cuando llegaron a Maldonado los 
instrumentos, y poco después,' en dos grupos, las diferentes personas 
que habían subido al monte. La litología y la botánica lograron en 
esta excursión de unas ventajas considerables: las marcaciones daban 
ya sujetos todos los puntos principales de la costa, y a pesar de lo 
escarpado del monte, ni los instrumentos ni los viajeros habían pade¬ 
cido el más leve daño. 

Oct. I 9 — El día l 9 de octubre se les presentó con un semblante 
aún más favorable. Emprendieron inmediatamente el levantamiento del 
plano del puerto, el cual, con un trabajo constante hasta las cinco, 
quedó concluido en todas sus partes. Los naturalistas y Liniers, los 
cuales habían empleado la mañana en poner orden a las muchas adqui¬ 
siciones hechas en el camino, fueron por la tarde a Pueblo Chico, pobla¬ 
ción distante de Maldonado como dos leguas, y compuesta de familias 
portuguesas expatriadas del Brasil o de españolas traídas en los últimos 
años para poblar la costa patagónica y depositadas entonces en las 
inmediaciones de Maldonado. 

Oct. 2. — El 2, concluidas ya las operaciones y examinado el país 
inmediato en cuanto el tiempo lo permitió, emprendióse el viaje de 
regreso, y hechas marcaciones en diferentes puntos de la costa, cuales 
fueron Punta Ballena, Punta Negra y la embocadura de Pando, lograron 
restituirse a bordo en la tarde del 4, viendo con mucha complacencia 
que no se había alterado la marcha del 105, y que sus resultados, con¬ 
formes con las primeras determinaciones no discrepaban sino pocos se¬ 
gundos de las operaciones trigonométricas traídas al Pan de Azúcar, 
desde Maldonado y desde Montevideo. En el entretanto, don Francisco 
Viana, a cuyo cargo había quedado la corbeta por enfermedad de don 
Manuel Novales, adelantaba considerablemente los aprestos. 

Todos los trabajos emprendidos procedían con igual actividad. No 
era menor en la "Atrevida” la del Teniente de Navio don Antonio 
Tova; y don Dionisio Galiano, siguiendo con tesón las operaciones 
astronómicas, había observado en la mañana del 27 la inmersión del 
segundo satélite de Júpiter; determinada después la marcha del péndulo 
y de los relojes marinos, observadas casi diariamente la inclinación y 
declinación de la aguja, y por diferentes alturas meridianas de estrellas 
bien determinadas en el catálogo de M. La Lambre, deducida la latitud 
del observatorio. El trazar diariamente la órbita de la luna y calcular 
con operaciones gráficas la hora y pasaje de las ocultaciones de las 

a... . . . . . .*.. 355 




estrellas, había sido un trabajo que, si bien infructuoso hasta entonces, 
denotaba no menos la exactitud de aquel oficial astrónomo, que la uti¬ 
lidad que sacaríamos en lo venidero de este examen incesante de la 
marcha de la Luna. 

Los guardias marinas y los pilotos destinados a sondar el puerto, 
interior y exteriormente, no se habían tampoco descuidado en este exa¬ 
men preciso para la exactitud de nuestros planos, bien que lo hacía 
siempre dudoso la diferencia del nivel del agua en el puerto, más baja 
por lo común de cuatro a cinco pies con los nordestes y noroeste, de 
lo que lo es con los vientos del sudeste, sur y sudoeste. 

Oct. 13. — Ya regresado Bustamante a Montevideo, emprendióse 
el 13 de octubre nueva excursión a Buenos Aires. El tiempo, algo inde¬ 
ciso, nos determinó a ir por tierra: los señores Pineda y Nee prefirieron 
la sumaca y tuvieron la felicidad de llegar al día siguiente por la tarde 
a la Colonia del Sacramento, pocas horas antes que los demás. 

Era nuestro ánimo, llevando un sextante, una aguja y el reloj 105, 
el examinar desde los parajes más cómodos la continuación de la costa 
hacia el oeste, de suerte que esta parte quedase bien ligada y sujeta 
a enfilaciones como las demás: pero como fuese que el camino se apar¬ 
taba mucho de la orilla, hallamos difícil esta empresa sin el sacrificio 
de dos o tres días, el cual parecía tanto más considerable cuanto mayor 
era el riesgo de que unos tiempos más obscuros no permitiesen luego 
el observar en La Colonia, cuya latitud y longitud debían sujetar opor¬ 
tunamente la dirección y extensión de la costa intermedia. Con estas 
reflexiones seguimos el camino directo apartándonos sólo hacia el arroyo 
de la Caballería, desde donde por medio de algunas marcaciones se 
tomó la dirección de la costa al este en cuanto alcanzase la vista. 

Oct. 14. — Los señores Pineda y Nee habían ya herborizado en 
la misma tarde con mucha felicidad. La tuvieron aún mayor en la 
siguiente mañana, en la cual, habiendo pasado a la isla San Gabriel, 
paraje oportuno para las observaciones de latitud y longitud, juntaron 
en poco tiempo tal variedad de arbustos, yerbas y flores, que parecían 
más bien fruto del examen de un país entero que de una isla pequeña. 

Retirados así poco después del medio día a bordo de la sumaca, 
y hechas nuevas marcaciones, dimos la vela para Buenos Aires con 
vientos del sur y sudeste galenos. Nuestro rumbo fue, por largo rato 
al oeste y oeste cuarta al sudoeste, con el cual, y a una distancia andada 
de cuatro y media a cinco leguas, avistamos las torres de Buenos Aires 
por el sudoeste y logramos fondear al ponerse el sol, en sus inmedia¬ 
ciones. La corriente, a la sazón, era muy lenta para fuera. 

Oct. 19. — Nuestra demora en Buenos Aires fue únicamente de 
cuatro días. Tuvimos, sin embargo, la satisfacción de ver regresar a los 
señores Concha y Vernacci, concluida completamente su comisión; y 
examinada a nuestra vuelta en Montevideo la marcha del 105, después 
de una travesía de pocas horas en la sumaca, no sólo se halló ésta 
conforme con las determinaciones anteriores, sino también la diferencia 
de longitud que había asignado el número 61 entre Buenos Aires y 
Montevideo. 

Oct. 20. — No menos favorable había sido esta última época 
para el doble objeto de completar el plano del río, sin causar la menor 
demora en los aprestos ni en la salida. Bustamante y Valdés habían 
concluido casi en un todo las obras interiores de los buques y el em¬ 
barco de víveres y aguada. En una pequeña balandra fletada para el 
intento, los señores Robredo, Bausá y Peña, llevando consigo el cronó¬ 
metro 72, habían observado la longitud y latitud en el paralelo y el 
meridiano del banco Inglés, sondando hasta las inmediaciones de la 
isla Flores y por su banda norte. Con la misma balandra don Antonio 
Tova y el Guardia Marina Aliponzoni, se hallaban ahora en el río 
Santa Lucía para examinar aquel fondeadero, buscar un bajo no dis¬ 
tante en la punta del Espinillo, de seguir los triángulos lo más al oeste 
que fuese posible, y, entre tanto, no se olvidaba el sondar las inme¬ 
diaciones del puerto, y Galiano continuaba sus tareas astronómicas en 
el observatorio. 

Oct. 26. — El 26 regresaron de Buenos Aires los señores Pineda 
y Nee; el primero había hecho en una excursión a las Conchas, nuevas 
adquisiciones importantes para la Historia Natural. El segundo, había 

356 








examinado las inmediaciones de aquella capital, y entrambos desembar¬ 
cándose en Martín García, dentro de la embocadura del Paraná, habían 
después, en un viaje de cinco días, reconocido el terreno comprendido 
entre aquel puerto y Montevideo. Finalmente, el 31, con la reincorpo¬ 
ración de los señores Concha y Vernacci, logramos ver reunida toda la 
Oficialidad. 

Se reemplazaron con este mismo motivo los marineros díscolos, 
los enfermos y los desertores, librada una paga a la Oficialidad de mar, 
tropa y marinería, y se hizo señal de aprontarse para dar la vela. 

Nov. I 9 — Con haber anticipado a la marinería el leve socorro 
que indicamos, era nuestro ánimo el de manifestarle un premio al tra¬ 
bajo, hacer una nueva experiencia de su conducta y desapego del desor¬ 
den y, finalmente, no enturbiar con sus vicios, ni se inclinasen a ellos, 
las próximas fiestas que en Montevideo se preparaban para la jura de 
S. M., felizmente reinante. Concluidas las faenas a bordo, se dio licencia 
a todos para que fuesen a tierra por tres días. Se detuvieron para el 
servicio de las embarcaciones menores los que habían tomado nueva¬ 
mente plaza en reemplazo de los enfermos y desertores o los que enfer¬ 
mos desde la salida de Cádiz, sin haber aliviado a sus compañeros en 
el trabajo, se hallaban en el día perfectamente restablecidos. 

Los primeros días del mes de noviembre eran demasiado favora¬ 
bles para la Astronomía, para que no intentásemos aprovecharlos, tanto 
más que no quedaba aún bien segura la longitud de Montevideo, por 
las circunstancias poco favorables de las observaciones del primer saté¬ 
lite de Júpiter, o por la órbita de la Luna, que aún no había propor¬ 
cionado ocultación alguna visible de las estrellas hasta de sexta mag¬ 
nitud. Don Dionisio Galiano había preparado los cálculos preliminares. 
El eclipse de la Luna y el paso de Mercurio por el disco del Sol, mere¬ 
cían toda la atención. Podía no proporcionarse esta observación en 
Europa, por la obscuridad bien natural en los principios del invierno; 
ni allá podía ser visible la emersión del planeta, la cual debía acaecer 
en Montevideo entre dos y tres de la tarde. 

Nov. 2. — En la noche del 2, que fue sumamente clara, pudo obser¬ 
varse el eclipse parcial de Luna: empezó a las 7 horas 41’, tiempo 
verdadero, y feneció a las 9 horas 48’ del mismo catálogo. Asistieron 
todos los oficiales libres, y en los intervalos que dejaban las observa¬ 
ciones indicadas, se ocuparon en medir distancias de la Luna a las 
estrellas, cuyos resultados quedaron luego agregados a los que se habían 
observado anteriormente. _ 

Nov. 5. — El día 5, al amanecer, nuestro sobresalto era por preci¬ 
sión muy grande. Una porción crecida de celajería obscura parecía 
querer inutilizar los aprestos. No podían conseguirse siquiera dos altu¬ 
ras seguidas del sol en el cuarto de círculo para las correspondientes de 
la tarde: se habían preparado los elíómetros y, sin embargo, no bien 
disipada aún la celajería fue absolutamente imposible el ver el ingreso 
del planeta; pero luego se observó su ruta por Galiano con el cuarto 
de círculo, y por Vernacci en el eliómetro. La emersión pudo determi¬ 
narse con entera satisfacción de entrambos. 

En la misma noche observóse la inmersión y la emersión de Tauro 
por la Luna y, finalmente, en la siguiente del 6 fue también una obser¬ 
vación de mucha importancia la inmersión del primer satélite de Júpiter 
a las 3 horas 3' y 11” de la mañana, observación que comparada a las 
horas de las Efemérides dio para -el observatorio la longitud occidental 
de Cádiz de 50° 5’ y 45”. 

Nov. 7. — Tomadas el día 7 las alturas correspondientes para la 
exacta determinación de la marcha del péndulo, se encajonaron todos 
los instrumentos y sólo atendióse a ordenar los planos y los acopios 
relativos a la Historia Natural. El señor Virrey había agregado a las dos 
corbetas un bergantín de la plaza mandado por el Piloto don José de 
la Peña. Debía seguirnos al andar de la costa patagónica y regresar 
desde allí o desde las Malvinas con los pliegos y noticias que se le 
diesen; con este motivo le comunicamos ahora las instrucciones opor¬ 
tunas y se le dieron los auxilios necesarios para que estuviesen pronto. 

Nov. 12. — Concluidos así todos los objetos que podíamos abra¬ 
zar en aquella parte de los dominios de S. M., metidas las embarcaciones 
menores y ya desamarrados, creimos poder dar la vela en la mañana del 


niiiiiiiiinnTnrriVilT.U'iiiT-iiiirmnrrrTnmiiiiNLLLrrTnTrmTTnii; 


357 





12; pero ni el viento fue favorable ni dejaba de inquietarnos la nueva 
deserción de algunos individuos en ambos buques. Lo avisamos la noche 
antes al Mayor de la armadilla para que trajese algunos reemplazos 
voluntarios. Fue preciso traerlos violentos y la mayor parte inútiles; 
apenas la "Atrevida” pudo completar su dotación; faltaban aún cuatro 
hombres en la "Descubierta”. Hízose con este motivo una leva de gente 
vaga; a las seis de la tarde tuvimos a bordo los cinco hombres que nos 
faltaban, desechado >uno inútil. La "Atrevida” completó y mejoró su 
tripulación. 

Nov. 13. — Amaneció con vientos del nornordeste al nordeste, 
frescos y algo arrafagados; emprendimos inmediatamente el dar la vela 
y lo hubiéramos verificado en el instante si el Capitán del bergantín 
no viniese personalmente a avisarnos que el agua extraordinariamente 
baja y los mismos horizontes cargados por el sudoeste, le hacían creer 
no tardaría el tiempo sino pocas horas para declararse contrario y tem¬ 
pestuoso. Desistimos inmediatamente de la primera idea, y no bien 
habíamos echado abajo las vergas de juanete y calado sus masteleros, 
cuando el viento se declaró al noroeste, nordeste y este, tempestuoso. 
El agua había bajado aún más que el día anterior y ambas corbetas 
estaban varadas con proa al nordeste. A la fuerza del viento, que ya 
en la tarde podía llamarse un verdadero huracán, acompañaron una 
lluvia abundante y no pocos truenos y relámpagos. Sólo a las dos de 
la mañana cesó el temporal y amaneció con ventolinas del cuarto cua¬ 
drante, las cuales cedieron luego al sudoeste fresquito con semblante 
apacible. 

La noche inmediata fue tranquila; amaneció hermoso y con viento 
bonancible del nordeste y norte, con el cual emprendimos inmediata¬ 
mente el dar la vela. 


José Espinosa 

Noticias relativas a Montevideo 
(1789) 

El río de la Plata puede compararse a un mar o golfo: hace ho¬ 
rizonte; y si se cuenta su boca desde el cabo San Antonio 1 2 hasta el 
Santa María 1 , será su anchura de cuarenta leguas. La isla de Lobos 
es un islote compuesto de rocas peladas, y sólo se le advierten algunos 
manchones con arbustos, estando poblado de lobos marinos y de mu¬ 
chas gaviotas, zaramagullones y otras aves. Más adentro se presenta 
la orilla norte del río, formada de tierras bajas cubiertas de vegetales, 
y a cierta distancia, cadenas de montes y colinas. 

La isla Flores* se compone de morros alomados y de rocas follo¬ 
sas, como la que precede: tiene en su pie mucha peñolería, donde 
revienta la mar. Pudiera llamarse isla de los Pájaros, según la multi¬ 
tud que de ellos contiene. 

Descubierto el cerro de Montevideo y la punta Carretas, se pre¬ 
senta la población: sus casas de un alto, y sus alrededores llenos de 
casas cubiertas de paja, de corrales y ganados. Los corrales son forma¬ 
dos de estacas y revestidos de cueros. Hay una fortificación de cuatro 
baluartes, castillos o ciudadela, al este de la ciudad, en un paraje ele¬ 
vado, de manera que la domina. La ciudad se sitúa en una lengua de 
tierra que sale al oeste cosa de una milla. Está cercada de una muralla 
regular con ocho baluartes: baña el mar su circunferencia, excepto 


1 La situación de este punto se ha hallado en 36921’ latitud sur y 30936’37'' 
longitud occidental de Cádiz. 

2 Latitud 34957'20” longitud occidental de Cádiz, 48936’40”. 

2 Su extremo sudoeste se halla en latitud 34956’. Longitud occidental de Cádiz, 
49952’30”. 


358 






por el este, y se halla rodeada de peñascos en que se estrellan las olas. 

Las murallas viejas no están muy bien conservadas, y sus fosos 
están llenos de yerba; de manera que al autor de estas Memorias no 
le parecía plaza de mucha confianza, por las pocas dimensiones de 
sus fosos y los barrancos y desigualdades de las cercanías que no se 
distinguen bien desde la plaza. Una batería a barbeta que se halla 
enmascarada a la orilla del río —parece que en la parte más occidental 
de la lengua en que se sitúa la ciudad— proporciona más sólida de¬ 
fensa contra las embarcaciones que se acerquen al puerto. En tiempo 
de paz tienen desmontados sus cañones; las explanadas, durmientes, 
batientes y demás pertrechos se guardan en el parque de artillería, y 
se tienen prontos para ponerlos en batería siempre que la ocasión lo 
exija. 

El Capitán de Fragata Liniers tenía la idea de adoptar para la 
defensa del río de la Plata un número de lanchas cañoneras, que bajo 
los fuegos de la plaza hiciese la más vigorosa oposición contra cual¬ 
quier enemigo. Cuanto se puede esperar de estas máquinas, lo acredi¬ 
tan los sucesos de ellas en Gibraltar, Argel y últimamente en el Mar 
Negro y en el Báltico. Estos habitantes son muy diestros jinetes y 
prácticos en el terreno, y formarían sin duda un respetable cuerpo de 
caballería contra cualquier invasión. 

Se construyó esta plaza 1 en 1724. Fue su primer gobernador y 
poblador don Joaquín Viana\ Se emplearon los brazos de los indios 
tapes. Por los años de 1776, según las noticias de don Cosme Bueno, 
tendría mil familias de población; pero por las más recientes que he¬ 
mos adquirido es en el día mucho más considerable, como luego se 
dirá. 

Sitúase la ciudad en la parte norte del río de la Plata. Tiene su 
jurisdicción cuarenta leguas de norte a sur, y cuarenta de este a oeste, 
y su población se decía ser de 20.000 almas en toda ella; pero según 
el padrón cincunstanciado hecho en 1781, parece era sólo de 8.973 
españoles, 586 indios, 711 mulatos libres, 352 negros y 1.760 escla¬ 
vos, que hacen el total de 12.382; incluyendo la población de Mon¬ 
tevideo, enumerada en 4.405 españoles, 350 indios, 673 negros y 
mulatos libres y 1.088 esclavos. 

Tiene la ciudad un Gobernador militar, un destacamento de dra¬ 
gones, compañías de infantería, algunos artilleros, una fragata de gue¬ 
rra y pequeñas embarcaciones de armadilla; sus Oficiales Reales y Ad¬ 
ministrador de Aduana, con los correspondientes guardas del registro; 
un curato con una iglesia de no buena arquitectura y un hospicio de 
franciscanos, cuya iglesia es también de pobre fábrica. Las casas de la 
ciudad son de un alto, de manipostería; las calles, mal empedradas, 
pero rectas de norte a sur y de este a oeste, que dividen la ciudad en 
varias cuadras. Muchos solares, poca limpieza y curiosidad; en tiempo 
de lluvia se transita con trabajo. Hacia la marina hay muchos alba- 
ñales y estercoleros, donde se crían muchas y grandes ratas que in¬ 
festan las embarcaciones. En los arrabales no se ven sino mataderos 
y carnicerías; toros que huyen de los jinetes que los desjarretan, toros 
que mueren, y hombres ensangrentados que con la mayor agilidad los 
desuellan, y extienden y clavan las pieles con estaquillas en el suelo, 
preparándolas así para que las embarquen los catalanes, que hacen 
el principal comercio. 

Muchos propietarios hacen venir su ganado a las inmediaciones 
de la plaza para ahorrarse el transporte de los cueros, por lo cual se 
ven tan repetidas matanzas. 

En los alrededores de Montevideo se respira el desagradable olor 
alcalino de las carnes. La vista se ofende con osarios y despojos de 
animales, sobre los cuales caen espesas nubes de pájaros voraces, ga¬ 
viotas, gallináceas, caranchos y otros, que obscurecen el aire. 

Tantos despojos de animales engrasan considerablemente las tie¬ 
rras, y se conocen por su negrura o color más obscuro, las que fueron 
antiguos mataderos. 


x Está en latitud 34954’48” y en longitud 50’5’45". 

a El autor del Lazarillo, don Alfonso Carrión, dice que en 1731 con poca di¬ 
ferencia. dio principio don Bruno de Zabala a su fundación con catorce familias que 
se trajeron de Canarias; pero parece equívoca, al menos, en la fecha. 


359 






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La población de Montevideo crece de día en día con la franqui¬ 
cia del comercio y la concurrencia de buques de los puertos habilitados 
de la Península especialmente, y de las embarcaciones catalanas . 1 

Un clima análogo al de muchas provincias de España, la ocasión 
del transporte frecuente y la facilidad de vivir donde alimentos de 
primera necesidad están casi de balde, atrae muchos españoles. La ma¬ 
yor parte de la población está dispersa por los arrabales: las casas, 
ya apiñadas, ya en grupos, ocupan mucha extensión. Allí los guasos, o 
mestizos, gente de campo del país, viven en ociosa libertad, que suele 
parar en libertinaje, substraídos de la vigilancia de la policía. Hay en 
el terreno inmediato algunas huertas, que no se cultivan con el mayor 
esmero. 

Algunos europeos son los que se dedican a la agricultura, y es 
su mayor trabajo destruir las muchas yerbas que produce el vicio de 
la tierra. 

Uno de los parajes más amenos de las inmediaciones de Monte¬ 
video es el arroyo Miguelete, que descarga sus aguas casi en el centro 
del puerto, a más de des millas de la dudad, en la parte septentrional, 
después de haber atravesado huertas y bosques de melocotones, donde 
hay algunas buenas casas de campo. 

El puerto de Montevideo es una ensenada en el río de la Plata, 
de forma de herradura u otra semejante, de tres millas de mayor diᬠ
metro. En la punta oriental de su boca se halla la ciudad, y en la oc¬ 
cidental un cerro elevado en forma de pan de azúcar, que le debió dar 
nombre. El braceaje disminuye desde la mera línea de la entrada, con¬ 
siderada entre la punta más sur de dicho cerro y la de San José del 
pueblo, desde tres y media brazas hasta una. El fondo es un fango o 
limo muy blando, en el cual encallan las embarcaciones, sin riesgo en 
tiempo de pamperos: sólo padecerán algo en sus obras vivas los baje¬ 
les poco reforzados. Por otra parte, la naturaleza del puerto las defiende 
de los del este. 

El cerro del oeste de Montevideo 2 tiene la figura de pan de 
azúcar, pero su altura es pequeña respecto de su base. Es la única 
eminencia que la naturaleza puso en estos parajes, y la mejor marca 
con que se reconoce el puerto. 

Las tierras de la jurisdicción de Montevideo yacen a la orilla norte 
del río de la Plata: se componen de dilatadas llanuras, que no guar¬ 
dando un perfecto nivelamiento se inclinan unas a otras y forman 
senos, de donde salen venas de agua que forman arroyos y continuos 
prados donde se crían los más pingües pastos. 

Los arroyos considerables y los ríos vienen de las montañas ve¬ 
cinas: todos desaguan en la orilla norte del río de la Plata: sus cauces 
son otras tantas alamedas que cruzan esta uniforme llanura, y sumi¬ 
nistran leña y agua para las pocas poblaciones que en ella se hallan. 
Las haciendas de los montevideanos son grandes dehesas que se con¬ 
tienen por el frente por el río de la Plata, y por el este y oeste por 
dos ríos colaterales que descargan en él; por el norte se hallan abier¬ 
tas, por cuya razón sitúan por aquella parte las casas de los capataces 
y guardas. Estos andan continuamente a caballo, rondan el ganado y 
hacen los rodeos correspondientes. Se sorprenden los europeos que 
por primera vez ven las inmensas caballadas y vacadas que vagan 
por estos llanos, que hacen horizonte en muchas partes. El caballo pa¬ 
dre, con la crin tendida, capitanea la yeguada. El toro se encara al 
pasajero a distancia: están vacas con muchos y pintados colores, con 
becerrillos que las acompañan. Al acercarse el pasajero, yeguas, toros, 


1 Cuando estuvieron allí las corbetas "Descubierta’' y "Atrevida” se contaron 
veinte embarcaciones, incluso dos correos marítimos y los buques de armadilla; setenta 
tiendas de catalanes, donde se vendía todo género de lienzos pintados, indianas, pañuelos, 
cinta, lienzos, zapatos y demás manufacturas de Cataluña. Los dueños de la embarcación 
establecen en tierra sus tiendas, y permanecen allí los meses que necesitan, hasta que 
venden su cargamento: llevan en cambio cueros al pelo, cuyo consumo es considerable, 
y madera del aire, a la que han dado valor en estos últimos años, y dan un real de 
aquella moneda por cada par de éstas. El frugal catalán no pierde el tiempo durante su 
forzada detención: pesca en el río, se alimentan de pescados, venden el sobrante, y 
cuando no hallan compradores, secan mucha parte para el rancho de su viaje de vuelta. 
Otros realizan pequeños viajes a Maldonado y hacen otros pequeños comercios. Resplan¬ 
decen en estas colonias principalmente los progresos del comercio y el acierto de las 
sabias providencias que lo animan. 

2 Su latitud 34953’4”, longitud 49 9 13’45”. 


360 





vacas, todos corren: temen que los vayan a enlazar. Esta insidiosa arma 
es el terror de los animales. 

Entre Montevideo y Maldonado se hallan los ríos Solís Chico, 
Mosquitos y Solís Grande. Entre ellos se cuentan algunos arroyuelos 
de poco nombre: todos tienen arboleda, aunque de poca magnitud. En 
los parajes bajos se encuentran muy pequeños y desiguales fragmentos 
de conchas, que el mar depositaría en algún tiempo. De dos en dos 
leguas se ven casas de paja, que son lo que en España llaman cortijos 
o ranchos de ganaderos. Otras habitaciones pertenecen a los puestos 
de Dragones, donde hay pequeños destacamentos para servicio de la 
posta y cuidado de la caballada que la mantiene. Estos puestos, según 
su importancia, están a cargo de cabo, sargento u oficial, con corres¬ 
pondiente número de tropa, la que, tan dividida y esparcida, apenas 
tiene de tal sino el nombre: hay destacamentos de dos y de tres hom¬ 
bres; rara vez ven su compañía. Cuando estuvo el autor de esta des¬ 
cripción se hallaban sin vestuario. Sólo por el bigote se reconocían por 
Dragones. 

Si se extiende la vista entre Montevideo y Colonia del Sacra¬ 
mento, se registran los ríos Santa Lucía, San José, Jufré, Coya, Los 
Padres y El Sauce, que son los más considerables, vadeables en verano 
y aún con poca agua muchos de ellos. En sus orillas tienen asiento 
las siguientes poblaciones: las más modernas, hechas por el Rey y por 
particulares: Unas son formales, y otras, casas esparcidas, a saber: 
(según un estado hecho por la ciudad de San Felipe de Montevideo, 
en 1787). 


Casas Personas 


Miguelete y Pantanoso . 420 1430 

Piedras y Colorado . 240 854 

Arroyo de las Brujas . 152 647 

Canelones Grande, Chico y Cerrillos .... 88 484 

Santa Lucía Grande. 54 252 

El Tala. 62 220 

Santa Lucía Chico, Pintado y La Cruz .... 55 200 

Arroyo de la Virgen . 54 353 

San José, Cagancha (de ambas bandas) . . 83 378 

Carreta Quemada . 21 171 

Chamizo . 30 321 

Arroyo de Sierra y Mereles. 40 316 

Sauce y Pando. 37 207 

Solís Grande y Chico y Villa de Minas ... 50 371 


Aumentó la población desde 1781 hasta 1787 en número de 2.360 
personas, y se levantaron 529 casas más, siguiendo cada día el aumento 
por las causas que se dijeron. 

En varios de los arroyos que desaguan en los de Santa Lucía y 
San José se encuentran pepitas de oro, y en el paraje que llaman Las 
Minas, según les informaron, de plata, plomo, oro y cobre. De oro vieron 
en Montevideo pepitas, cogidas en la jurisdicción. Pero estas minas se 
hallan en abandono por falta de inteligentes que las trabajen. 

La ocupación y comercio de los habitantes de Montevideo es la 
cría de ganado caballar y vacuno, en la cual tiene la mayor parte la 
naturaleza, pues estos útiles animales se crían en las regiones bonaeren¬ 
ses por sí mismos, sin que el hombre ponga otra diligencia que plantar 
el hierro al ganado que paste por su hacienda. La abundancia de los 
pastos y la vasta extensión de las dehesas promueven la propagación de 
estos animales, en razón de la cantidad de alimentos que se encuentran, 
sin embargo de que hasta aquí matan el ganado sin distinción de jefes, 
edades, ni tiempos, lo que debe verdaderamente contribuir a la dismi¬ 
nución de su número, como se verifica. Otro cuidado de estos provincia¬ 
les es rondar las entradas de las haciendas, las matanzas, etc. Se em¬ 
plean también en sacar el sebo. En el día se hacen ensayos para hacer 
extracciones de carne salada, la que preparan muy bien, según el método 
de Irlanda. 















Hacen del cuero de vaca cuantos utensilios y muebles necesita la 
vida humana. Como el cuero humedecido es una lámina flexible que 
recibe cualquier forma, y ésta la retiene cuando se seca, le aprovechan 
maravillosamente. Hacen cofres, petacas que se conocen bien en España, 
jaulas para cotorras, botas, cuerdas de toda especie y, sobre todo, gra¬ 
neros en que guardan trigo y otras semillas. Esta manufactura merece 
particular descripción: sacan la piel de la vaca mediante una incisión 
en la región del vientre y ano, con tanta perfección que, rellenándola de 
cualquier materia, parece, de lejos, que vive la res. Estas singulares tro¬ 
jas o arcas las llenan de semillas y dicen que se conservan muy bien. 

Los cueros tienen el valor de 10 reales de plata dentro de la ha¬ 
cienda, y concurre a su extracción gran número de embarcaciones cata¬ 
lanas. Las astas, que han tomado valor de pocos años a esta parte, valen 
un real de plata. 

Los caballos prestan no menos útiles servicios. Sin ellos no se ma¬ 
nejarían unas haciendas tan dilatadas y desiertas. Los montevidenses se 
acostumbran tanto a su ejercicio, que ni pobres ni aun esclavos andan 
a pie. Se ve pedir limosna a cahallo y picar los bueyes que arrastran 
una carreta. Regularmente caminan a trote vivo o a gran galope. Los 
caballos sufren la fatiga en un grado increíble si no se viera. Los que 
dieron para las excursiones a que concurría el autor estuvieron un día 
en el foso sin comer, y después corrieron dos o tres postas seguidas: 
guardan después igual ayuno si no los sueltan a los pastos; aguantan 
igualmente la sed; los dejan con la rienda caída y permanecen como 
postes; tienen regularmente buena conformación, y sólo ceden a los 
buenos caballos de Andalucía y Chile, sin que degeneren de la exce¬ 
lente raza de que provienen. Se ven también caballos enteros que con¬ 
servan cuantas ventajas se desean en una buena estampa. No sólo aguan¬ 
tan tan prolija abstinencia, sino que hacen las más extraordinarias 
diligencias de velocidad. Según cuentan, en aquella tierra es común 
andar el propio caballo 30 ó 40 leguas en un día. El bajo precio en 
que se venden estos nobles brutos —la mejor conquista del hombre— 
hace que los expongan a rudas y extraordinarias pruebas. El mejor 
caballo se vende, a escoger, por un peso, si está cerril; pero los ense¬ 
ñados a buen paso se venden, respectivamente, con estimación. Una 
yegua paridera vale dos reales de plata. 

De las costumbres de los montevidenses no puede menos de ala¬ 
barse la generosidad, hospitalidad y buena índole que los caracteriza. 
Entre la clase noble y acomodada unos viven de sus chacras, en que 
cultivan, por medio de sus esclavos, el trigo y otras varias semillas de 
Europa. Aquí suele dar ciento por uno, y aseguran que el dejado en 
los rastrojos suple por una nueva siembra, y se coge nueva cosecha en 
el año venidero. Es de la mejor calidad, y si tuviera extracción cons¬ 
tituiría un nuevo y extenso ramo de comercio, y remediaría muchos 
años las necesidades de la Metrópoli. Hay tierras inmensas de pan 
llevar, de la mejor calidad. Pero está la navegación ahora en su infan¬ 
cia para que se adopten especulaciones que piden unos transportes bara¬ 
tos. Se dedican también a la cría de sus ganados y al comercio de cueros. 
Gustan mucho de andar a caballo hombres y mujeres; beben mate a 
toda hora; hablan con cierta languidez, mayor que en otras partes; se 
resienten de la falta de trato, que produce cierto encogimiento. Por lo 
demás, son de buena disposición, tanto de potencias como de cuerpo. 
Los sucesivos aumentos que debe esperar en su comercio aquella pobla¬ 
ción la hermosearán en su planta natural, mejorarán su policía y los 
habitantes adquirirán progresivos grados de ilustración. Las poblaciones 
grandes se hallan a mucha distancia. 

La gente plebeya, a quien la educación no restringe las pasiones 
y la civilización no enseña aquellas fórmulas de saludos y palabras que 
llaman de buena crianza —mentiras permitidas— vive con cierta inde¬ 
pendencia y franqueza que le permite la facilidad de los alimentos y 
la naturaleza del país que habita. 


362 







Félix de Azara 


Memoria sobre el estado rural 
del Río de la Plata en 1801 

El haber viajado por todos los campos, parroquias y frontera del 
Sur del citado río,, y por gran parte de las campañas del Norte, por 
la frontera del Brasil, y por las provincias del Paraguay, Misiones y 
Corrientes; el haber hecho un mapa, y el haber leído todas las histo¬ 
rias impresas y manuscritas del país, como igualmente multitud de 
papeles antiguos y modernos, me pusieron en disposición de escribir 
una historia y descripción críticas del Paraguay y del Río de la Plata. 
Y aunque la estoy finalizando con ánimo de publicarla impresa, como 
esto no puede esperarse tan en breve por mis circunstancias y las de 
la guerra, me ha parecido separar de dicha obra las siguientes noticias, 
juzgando convenir que se sepan cuanto antes, siendo como son tan in¬ 
teresantes en mi juicio. Se reducen a hechos y reflexiones: los prime¬ 
ros tan evidentes que no pueden dudarse, y me parecen las segundas 
las más justas y convenientes; pero como cabe en ellas haberse equi¬ 
vocado, se podrán rectificar y mejorar por otros, y también extender 
algunas porque quizás habré incurrido alguna vez en laconismo, figu¬ 
rándome convenía así al plan de mi obra. En su libro segundo, ca¬ 
pítulo segundo, número noventa y seis, y siguientes se lee lo que copio 
literalmente. 

Tratamos de la segunda clase, o de la gente campesina ocupada 
en la poca agricultura, y principalmente en el pastoreo. Aunque los 
más sean españoles, no reparan en servir de jornaleros a la par con 
los indios, pardos o esclavos, ya por ser gente más sencilla y de menos 
ventolera o vanidad, ya porque los trabajos del campo tienen menos 
testigos que puedan ocasionar vergüenzas, o ya porque sus tareas son 
conformes a sus preocupaciones y caprichos, que repugnan general¬ 
mente servir a la mano o inmediatamente. Los que son acomodados 
usan chupa o chamarra, chaleco, calzones, calzoncillos, sombrero, cal¬ 
zado y un poncho, que es un pedazo de tela de lana o algodón fabri¬ 
cado en las provincias de arriba, ancho siete cuartas, largo doce y con 
una raja en medio para sacar la cabeza. Y los peones o jornaleros y 
gente pobre, no gastan zapatos; los más no tienen chaleco, chupa ni 
camisa y calzones, ciñéndose a los riñones una jerga que llaman chi¬ 
ripá; y si tienen algo de lo dicho, es sin remuda, andrajoso y puerco, 
pero nunca les faltan los calzoncillos blancos, sombrero, poncho para 
taparse, y unas botas de medio pie sacadas de las piernas de los caba¬ 
llos y vacas. Se reducen generalmente sus habitaciones a ranchos o cho¬ 
zas, cubiertas de paja, con las paredes de palos verticales hincados en 
tierra y embarradas las coyunturas sin blanquear, las más sin puertas 
ni ventanas, sino cuando mucho de enero. Los muebles se reducen 
por lo común, a un barril para tener agua, a un cuerno para bebería, 
y un asador de palo. Cuando mucho agregan una olla, una marmita y 
un banquillo, sin manteles ni nada más; pareciendo imposible que 
pueda vivir el hombre con tan pocos utensilios y comodidades, pues 
aún faltan las camas, no obstante la abundancia de lana. Por supuesto 
que las mujeres van descalzas, puercas y andrajosas, asemejándose en 
un todo a sus padres y maridos, sin coser ni hilar nada. Lo común es 
dormir toda la familia en el propio cuarto, y los hijos que no oyen un 
reloj, ni ven regla en nada, sino lagos, ríos, desiertos y pocos hombres 
vagos y desnudos corriendo tras de las fieras y toros, se acostumbran 
a lo mismo y a la independencia; no conocen medida para nada; no 
hacen alto en el pudor, ni en las comodidades y decencia, criándose 
sin instrucción ni sujeción y son tan soeces y bárbaros, que se matan 

...« ■ 363 






entre sí algunas veces con la frialdad que si degollasen una vaca. La 
experiencia les ha hecho ver con frecuencia que cualquier ladrón o 
contrabandista les roba las haciendas, y a veces los mata a ellos mis¬ 
mos quemándoles las cosas y llevándose a la mujer o las hijas. Sin 
embargo son muy raros los que tengan un arma servible de fuego, 
porque las aborrecen, sin más motivo, en mi juicio, que el de la inco¬ 
modidad que les causa su cuidado y el llevarlas a caballo para correr, 
en que consiste toda su delicia. En fin por lo que hace a instrucción, 
auxilios temporales y espirituales; en cuanto a vestidos, o más bien 
desnudez, y en cuanto a muebles, habitaciones y comodidades no lle¬ 
van mucha ventaja a los indios infieles, y sus asquerosas habitaciones 
están siempre rodeadas de montones de huesos y de carne podrida, 
porque desperdician cuadruplicada de la que aprovechan. La religión 
corresponde a su estado, y sus vicios capitales son, una inclinación na¬ 
tural a matar animales y vacas con enorme desperdicio, repugnar toda 
ocupación que no se haga corriendo y maltratando caballos, jugar 
los naipes, la embriaguez y el robo, bien que estos últimos también 
dominan en los ciudadanos. 

Deberían los eclesiásticos gritar sin intermisión contra los pestí¬ 
feros vicios, persuadiendo además que el trabajo arreglado es una vir¬ 
tud que hace felices a los hombres. Lo dicho toca de lleno a los cam¬ 
pos del Norte del Rio de la Plata, no tanto a los del Sur; y es preciso 
confesar, que los paraguayos y correntinos campestres son unidos entre 
sí: que no hacen tantas muertes y robos: que son más aseados en sus 
ranchos, teniendo más muebles; y finalmente que no son tan ladrones, 
borrachos y jugadores, sino conocidamente más económicos y aplica¬ 
dos. Yo atribuyo estas diferencias a que hay algunas parroquias en los 
campos del Sur, y muchas más en el Paraguay y Corrientes, donde se 
juntan a menudo, y en cada pago un maestro de escuela: además que 
los paraguayos, aún los simples jornaleros, saben leer y escribir. No 
es así en los campos del Norte del Río de la Plata; pues no hay otras 
parroquias que algunas por la costa de este río del Uruguay; y en las 
ciento cincuenta leguas hasta Misiones, sólo las del Cerro largo y 
Batoví que se acaban de establecer, sin que yo sepa que haya un 
maestro de escuela en parte alguna. Debería el gobierno pensar en 
esto muy seriamente, según diré tratando del arreglo de campos, y dis¬ 
poner en las capillas algunas fiestas de toros, carreras de caballos u 
otras, para que se juntasen los campestres, y se viesen precisados a 
asearse: sería un medio de introducir la decencia, admitir muchos 
portugueses; porque siendo notoriamente más aseados y económicos, 
su ejemplo serviría de mucho. Bien sé que muchos españoles repugnan 
esto, fundados en que dan noticias a sus paisanos, en que son contra¬ 
bandistas, y en que en fin vuelven a su patria. Justifican esto, con 
que don Pedro Ceballos fundó con ellos el pueblo de San Carlos junto 
a Maldonado, el cual fue luego abandonado retirándose los portugueses a 
su país. Pero los que hablan así no conocen, que no hay un solo 
español que no dé las mismas y aún más noticias a los enemigos, y 
que no abrigue con el mayor descaro a los ladrones y contrabandistas. 
En cuanto a la deserción no advierten que no habiendo dado tierras ni 
medio de subsistir a los portugueses de San Carlos, era imposible su 
permanencia allí. A fe que algunos de ellos y otros innumerables que 
encontraron medio de adquirir algunos terrenos, subsisten hoy por allí 
y en otras muchas partes como Mendoza , siendo los vecinos más útiles, 
industriosos, ricos y aseados. Mandó el rey que en las guardias de la 
frontera del Sur se formasen villas. Se llevaron pobladores voluntarios 
y forzados; pero ya no existen. Con el propio fin se fundaron los 
pueblos de Pando, San José y Santa Lucía, y ha sucedido lo mismo. 
Esto no se repara sino únicamente la deserción de San Carlos, atribu¬ 
yéndola a que eran portugueses, como si los españoles no hubiesen 
hecho siempre lo mismo, y el motivo es que no puede existir hoy en 
los campos pueblo unido de agricultores, ni de estancieros, porque éstos, 
no siendo muy ricos, necesitan vivir en sus estancias, y los labradores 
junto a las grandes ciudades y embarcaderos. 

Haré algunas apuntaciones para que se mediten, porque tal vez 
serán útiles. No es posible dudar que el manantial más abundante de 




riquezas para cualquiera provincia, es el cultivo de las producciones 
más análogas a su terreno, y a las inclinaciones o caprichos de sus 
habitantes. Voy, pues, a investigar por un cálculo, cual sea este manantial 
en el gobierno de Buenos Aires. Se sabe que un labrador en España 
puede cuidar de un terreno que produzca en año y medio cincuenta 
fanegas de trigo, que hacen veinte y tres y un cuarto de Buenos Aires. 
Suponiendo ahora que las tierras del Río de la Plata producen el 
doble: podrá el mismo labrador recoger cuarenta y seis fanegas y media 
del país: y si son once, cosecharán quinientas once y media, que 
computadas a tres pesos, valen mil quinientos treinta y cuatro y medio, 
y consideradas como alimento podrán mantener un año a doscientas 
diez y seis personas y media; pues se sabe por prolijas observaciones, 
que consume cada una al año cinco y dos undécimos fanegas de 
Castilla, o dos y nueve vigésimos quintos de Buenos Aires. Esto se 
entiende cuando se come el pan con otras cosas; porque comiendo pan 
solo, dicho trigo sólo alimentará a la mitad: esto es a ciento ocho y 
un cuarto. Se sabe también por experiencia, que una estancia de diez 
mil cabezas de ganado vacuno, procrea en el Río de la Plata tres mil 
anuales, y que bastan para su cuidado un capataz y diez peones: esto 
es las mismas once personas. Regúlase su cuero, carne, sebo, grasa y 
astas en catorce reales, y será el valor de dicho procreo cinco mil dos¬ 
cientos cincuenta pesos. En cuanto a la calidad de alimento suponiendo 
que una res baste para sesenta personas que no coman otra cosa en 
un día, producirán las tres mil del procreo, cuatrocientas noventa y 
tres y un quinto raciones anuales; y además tres mil cueros, sebo, etc., 
que valen más de otros tantos pesos. Resulta, pues, cotejando los pro¬ 
ductos, que vendidos a plata, aventaja el de los once pastores en tres 
mil setecientos quince y medio pesos; y que considerados como alimento, 
también da el de los pastores trescientas ochenta y cinco raciones más, 
con la añadidura de más de tres mil pesos por los cueros, etc. No se 
tiene cuenta con la mayor extensión de tierra que necesitan los ganados, 
porque sobran y están baldías. Si se cree haber favorecido a los pastores, 
suponiendo que todo el procreo da cuero, sebo, etc., no> es poca la 
gracia que hago a los labradores, concediendo que sus tierras producen 
al doble, que sean de igual trabajo, y que usen los mismos instrumentos; 
pues nadie ignora que un jornalero en España vale más que tres aquí, 
donde los instrumentos son imperfectos y escasos, y en Paraguay no 
usan el fierro para la labor, sino los homóplatos de vaca por azadas. 
Además de que son raras las reses que no llegan a ser adultas, y sí 
muchas no dan sebo, las hay que producen dos y cuatro arrobas, cuyo 
precio ínfimo es cinco reales arroba. Agrégase que produciendo el trigo 
y cualquier otro fruto de labor con igualdad en los campos del Río 
de la Plata, no pueden ser comerciables sino llevándolos fuera, y no a 
Europa, porque no les puede tener cuenta, ni tampoco el sembrarle 
a cuarenta o cincuenta leguas del embarcadero, porque los portes exce¬ 
derían al principal, lo que no sucede a los cueros y sebo. Aun si se 
quiere fomentar la labor repugna tanto a estas gentes, que con difi¬ 
cultad se encuentran segadores por ningún precio, cuando al contrario, 
no faltan jornaleros de buena voluntad para las estancias, ni salida 
ventajosa a los productos del pastoreo. La inclinación que se ve tomar 
al común de las gentes, suele indicar lo que conviene al país. Si a éste 
acomodase la agricultura, veríamos que sus habitantes se reunían 
naturalmente en poblaciones cultivando sus contornos; y no sucede así, 
sino que toda la gente campesina está desparramada en sus estancias por 
haber conocido que esto le da mayor utilidad con el mismo y aún 
menos trabajo. Este desparrame general, no tiene otra excepción que la 
de las pocas ciudades por estar en puertos, y la de los pueblos indios 
que están concentrados por fuerza. 

Si cotejamos el pastoreo con las artes y oficios, ninguno puede ser 
tan útil que produzca al país cuatrocientos setenta y siete pesos y tres 
undécimos anuales por cada operario, como le resulta por cada pastor. 
¿Puede además darse ocupación tan agradable y análoga al capricho, 
estado y gusto de estas gentes, cuyo encanto es estar siempre a caballo 
y correr tras de los toros? Si se quisieran introducir las artes, sobre 
no ser estas gentes inclinadas a ellas, tampoco se perfeccionarían, sino 

.... 365 








al paso que la instrucción y las ciencias; y entre tanto no habría 
sino miseria y desnudez que las alejaría, porque lo caro de los jornales, 
su languidez y lo tosco de los artefactos los haría despreciables. En el 
día provee este país a Europa de ochocientos mil cueros, sebo, etc., 
que vendidos allá valen cuatro millones de pesos; ¿pues qué otra 
industria ni labor le puede dar lo que el pastoreo, que casi no necesita 
aprendizaje, instrucción, ni talento? No quiero decir con esto que se 
proscriban todas las artes y oficios, sino que se abandonen a sí mismos 
para que se reduzcan a lo necesario. Para la labor basta la ejerciten los 
habitantes de los contornos de las ciudades y pueblos donde no puede 
haber estancias, permitiendo en todo tiempo la extracción de trigo 
para todas partes, y que se ponga el mayor cuidado, esmero y eficacia 
en proteger y fomentar el pastoreo, sacando con esta mira la gente que 
se pueda de las ciudades populosas, donde es más perjudicial que útil, 
y no hace más que subsistir a costa de la gente del campo, siendo 
constante que ninguna de estas ciudades tiene fábricas ni cosa que 
pueda contribuir al comercio. Sería un medio de fomentar los ganados 
entablar una junta o sociedad que vigilase sobre ellos, y que se dedicase 
desde luego a publicar una memoria instruyendo a estas gentes, de 
que los ganados son su único tesoro, y de que faltándoles sería su 
país el más infeliz del globo. Debería extenderse sobre el modo de 
dirigir una estancia para que diese la mayor utilidad posible, benefi¬ 
ciando sus muy diferentes ramos; ver que hoy no hay regla fija y 
que se desperdicia mucho en todo. Igualmente debería fijar la exten¬ 
sión de una estancia, pasada la cual conviene ya hacer dos, porque 
en esto hay mucha perjudicial ignorancia. Los principales fundamentos 
de esta memoria, parece deberían tomarse de las estancias del Paraguay, 
las cuales, por ser más pequeñas, tienen el ganado más manso, sujeto 
y gordo: se manejan con menos peones a proporción, y con la mitad o 
tal vez la cuarta parte de los caballos. Todas además crían ovejas, secan 
o charquean toda la carne, y no gastan ni la mitad. Yo entre tanto haré 
conocer aquí nuestra mala conducta en cuanto a ganados, y las incom¬ 
patibles ventajas que hemos perdido. Después indicaré los puntos de 
un reglamento que podrá establecernos en gran parte, logrando al mismo 
tiempo que nuestros campestres se civilicen e instruyan en la religión. 

Consta de las relaciones de todos los ancianos y de varios papeles, 
que desde el principio del siglo dieciocho, y hasta pasada la mitad del 
mismo, estaban las Pampas de Buenos Aires desde esta ciudad al río 
Negro, o los cuarenta y un grados de latitud, tan llenas de ganado ci¬ 
marrón, que no cabiendo, se extendía hacia las minas de Chile, Men¬ 
doza, Córdoba y Santa Fé, como que estas ciudades pleitearon derecho 
a él, contra la de Buenos Aires. También es público y notorio, que por 
el propio tiempo y hasta pasados los años de mil setecientos ochenta, 
había cuanto ganado alzado podían mantener ios campos del Norte 
desde el Río de la Plata al de Tybicuari, o los veintisiete grados. Desde 
esta latitud a la de cuarenta y uno hay una extensión de doscientas 
ochenta leguas marítimas. Por lo que hace a la anchura, tomaré la me¬ 
nor que es de ciento cincuenta leguas: de modo que el espacio ocupado 
en aquellos tiempos por los ganados, casi todos cimarrones, pasaba de 
cuarenta y dos mil leguas cuadradas. Los paraguayos han experimentado, 
que en tres de sus leguas cuadradas, que hacen dos de Buenos Aires o 
geográficas, se alimentan bien cinco mil reses vacunas, esto es dos mil 
quinientas en cada legua; pero suponiendo sean sólo dos mil, hallare¬ 
mos, que en las cuarenta y dos mil citadas leguas, había cuarenta y 
ocho millones de cabezas de ganado. No es esto de maravillar, sabiendo 
que entonces no había extracción de cueros y sebo por estar prohibido 
el comercio con Europa. Aunque este cálculo sea el más positivo, se 
puede dudar su certidumbre considerando, lo primero: que hoy no hay 
en dicha extensión arriba de seis millones y medio de reses; segundo, 
que nunca hubo aquí población para poder consumir un procreo que 
no debía bajar de veinte millones anuales; y tercero, que jamás se han 
extraido, aún con el comercio libre, arriba de ochocientos mil cueros al 
año. Pero es menester saber que los infieles de la cordillera de Chile, 
venían repetidas veces al año a recoger grandes partidas de ganado en 
las Pampas de Buenos Aires, llevándole a vender en Chile; que los 


3 66 




vecinos de Mendoza, Tucumán, Santa Fé y Buenos Aires hacían lo mis¬ 
mo. Que los indios de los pueblos de los departamentos de Yapeyú y 
San Miguel salían y salen todos los años en número como de trescien¬ 
tos de cada pueblo, a pillar ganados en los campos del Norte: que lo 
propio practicaban los vecinos de Montevideo y otros muchos con licen¬ 
cia de los jefes y sin ella. El objeto de los españoles en estas corridas 
de ganado, era sólo hacer cueros y sebo, y el de los pueblos, lo mismo, 
y proveerse de ganados para el año, pero todos convenían infaliblemen¬ 
te en emprender sus faenas por la primavera, esto es, en setiembre. Y 
como este tiempo es justamente el de la parición, resultaba, y resulta 
aún, que las terneritas no pudiendo seguir a las madres en unas corridas 
tan dilatadas que duraban a lo menos cuatro meses, quedaban abando¬ 
nadas y perecían, y que las vacas preñadas abortaban con la fatiga. 

Así sucedía que no había ningún procreo, o era poquísimo. Aún 
disminuía el capital más de lo que se puede imaginar, no sólo por lo 
que llevaban los indios sino también porque mataba cada uno y mata, 
según es constante, dos vacas preñadas al día, para comer los terneros 
nonatos, que son su encanto. Los españoles que andaban en estas faenas 
todo el año, y se regulan en dos mil, tampoco dejaban de matar casi 
cada uno su vaca para cada comida, porque nadie come toro, además 
de las innumerables que degollaban para sacar el sebo que ellas solas 
tienen y no los toros. Estos eran los únicos que proveían los cueros, 
los cuales en grande número se conducían al Brasil. Los portugueses 
por su parte hacían lo mismo y aún mayores destrozos en nuestros 
campos para obtener cueros y sebo, y para llenar de ganados a su país 
como lo han hecho en términos, que para conducir sus salazones y 
cecinas del Río Grande del Brasil, que no puede pasar sin ellas, em¬ 
plean hoy doscientas zumacas, echándonos en cara que en eso no em¬ 
pleamos casi ninguna. En fin, no hay en el día una res alzada al Sur 
del Río de la Plata, las del Norte no creo llegan a quinientas mil, y 
computo que las mansas serán en todo seis millones: siendo de admi¬ 
rar que se haya verificado todo lo dicho a la vista de todos, sin que 
nadie haya clamado, ni aún hecho alto en un destrozo tan escandaloso. 

Sin embargo, con alguna previsión todo se habría podido remediar, 
y hacer esta provincia la más feliz de la tierra, pues era evidente, 
que abriendo el comercio del Río de la Plata y dando de balde la ci¬ 
tada extensión de tierras a los particulares con los ganados alzados 
que pudiesen amansar, no se habrían agolpado tantas gentes en las 
ciudades, y se habrían visto en menos de cinco años la campaña po¬ 
blada y el ganado todo reducido a pastoreo sin disminución, porque 
cada particular hubiera cuidado del suyo. Habríamos entrado en po¬ 
sesión, no sólo de lo dicho, sino igualmente de la laguna Merín y 
de toda la preciosa provincia portuguesa del Río Grande, y tendría¬ 
mos en necesaria dependencia a todo el Brasil. Verdad es que se opo¬ 
nía a estas ideas una ley o cédula que ordena no dar tierras sino al 
que las compre; ley la más perjudicial y destructora de cuantas se po¬ 
dían imaginar, no sólo por lo que es en sí, sino igualmente por sus 
formalidades. Exige que el que quiera un campo le pida en Buenos 
Aires. Allí le cuesta cincuenta y tres pesos con la vista fiscal y escri¬ 
banía el primer decreto, que se reduce a nombrar un juez que vaya 
a reconocer el terreno y un agrimensor para medirlo, cada uno con 
la dieta de un peso por legua y cuatro por día. Además, prác¬ 
ticos para tasarlo, la conducción y alimento todo a expensas 
del pretendiente, quien gasta mucho porque las distancias son 
muy largas. Vueltos a la capital se pone el campo en pública subasta 
con treinta pregones bien inútiles, porque nadie ha visto ni sabe lo 
que se vende. En esto, en cinco vistas fiscales y formalidades, se pa¬ 
san a lo menos dos años y a veces seis y ocho; resultando que cuando 
más se ha ofrecido al erario, ha sido veinte pesos y a veces ni dos por 
legua cuadrada; aunque en realidad cuestan al interesado muchos cen¬ 
tenares las formalidades y derechos sin contar las perjudicialísimas de¬ 
moras. Sólo las actuaciones del escribano se acercan a cuatrocientos 
pesos: de modo que ninguno sin grande caudal puede entablar seme¬ 
jante pretensión, siendo esto tan positivo que no hay ejemplar de 
haber pretendido merced, quien tenga menos de diez mil. cabezas de 






ganado o mucho dinero. Y como los costos, sean casi lo mismo por 
poco que por mucho, resulta que los ricos piden muchísimo para re¬ 
compensarlos y que no lo pueblen, sino que lo dejen baldío para irlo 
arrendando o vendiendo con sacrificio de los pobres. 

Del mismo principio viene que tengamos muchísimos campos 
desiertos, y que la ciudad de Buenos Aires no posea hoy más tierras 
de las que le repartió su fundador. Por fortuna los gobernadores del 
Paraguay, que no tienen quien les vaya a la mano, han repartido las 
tierras del modo que yo digo y conseguida ver poblada de estancias 
toda aquella provincia. Dos leguas cuadradas baldías nada producen, 
y vendidas dan a lo más cuarenta pesos el erario: pero conferidas de 
balde a un pobre que las pueble con el ganado que podría comprar 
con los mil pesos de los costos, esto es, con más de dos mil reses, con¬ 
tribuirían al erario sólo en los dos años de las diligencias con dos¬ 
cientos cincuenta pesos por el ramo de guerra, y además las alcabalas, 
etc., porque su procreo le daría quinientas reses y otros tantos cueros. 
Aburridas las gentes de formalidades, costos y visitas al escribano, han 
discurrido medio de ponerse en posesión de las tierras arbitrariamente. 
Sólo con haberlas denunciado, o con el primer decreto sin pasar a la 
subasta, etc. Así están poblados los grandísimos campos desde Monte¬ 
video hasta pasado el Río Negro, sin que ninguno tenga título de 
propiedad, a excepción de alguna docena, que por poco dinero com¬ 
praron centenares y quizás millares de leguas cuadradas, tal vez con 
engaño del erario y con mayor perjuicio del público; porque ellos no 
las han poblado, y sacrifican a los pobres que quieren situarse en ellas. 
En suma, aún lo que poseemos es con increíble desorden dimanado 
de la citada disposición. Por ejemplo: Diego Arias pretende ser suyo 
un terreno hacia el Pitayó. Se reduce su título a haberle comprado por 
setecientos pesos a Manuel Barbas, vecino de Montevideo, quien no 
tiene más derecho que el de haberle denunciado; esto es, ninguno le¬ 
gítimo. Viendo yo esto, dispuse repartir dicho terreno, y se hizo en 
trece estancias, quedando todavía cinco por repartir, de las cuales pienso 
dejarle una, que es cuanto necesita. La menor de dichas estancias es 
suficiente para seis mil cabezas de ganado, de manera que el estado 
mantendría en aquel terreno a dieciocho hacendados con conveniencias, 
y si se quiere sostener al tal Arias en la posesión que pretende, todo 
se reduciría a él y a sus setecientas reses que tiene. Este ejemplar que 
yo acabo de hacer con él, debe servir de regla en todos los campos del 
Río de la Plata, porque gran parte de sus pobladores están en el caso 
de Arias, siendo cosa escandalosa y perjudicialísima al común del país 
y al estado, que le importa mucho la buena o mala distribución que 
se haga de los terrenos. De no poner este remedio, nunca habrá orden, 
ni florecerán estas provincias, ni se cortarán las atrocidades y latroci¬ 
nios que se abrigan en tantos desiertos. 

Aún hay otra razón muy poderosa para prescribir la citada ley, 
y es, que mientras exista tendremos despoblada la frontera del Brasil, 
por donde día y noche se avanzan los establecimientos portugueses sin 
respetar fé ni tratados; y si no la poblamos, habrán, antes de cuatro 
años, cortado a nuestras Misiones, y apoderándose de ellas, como ya lo 
han hecho de su comercio, y en parte del de Corrientes, Paraguay y 
Santa Fé, favoreciéndoles la escasez de géneros que nos ocasiona la 
guerra. Para continuar sus miras a costa de nuestra mala conducta, 
han casi despoblado sus islas de la Madera y Santa Catalina, su costa 
del mar brasílico y gran parte de la provincia de San Pablo, condu¬ 
ciendo sus moradores por fuerza a esta frontera. Continúan hoy tra¬ 
yendo gentes, y como no caben, se avanzan sin cesar. Viendo yo esto 
y que hacía más de veinte años que nuestro gobierno tenía en las 
costas del Río de la Plata muchas familias estancadas traídas de España 
para poblar la costa Patagónica, sin que lo hubiese verificado, ni encon¬ 
trado medios de desembarazarse de cincuenta mil pesos anuales que 
Ies pagaba por alimentos, propuse se destinase a poblar nuestra fron¬ 
tera por Batoví. Dije que si no querían ir, quedaba terminada aquella 
pensión; y que si iban se conseguiría la misma ventaja y la de conte¬ 
ner a los portugueses por aquella parte. Añadí que igualmente se de¬ 
bía repartir tierras de balde a los pobladores voluntarios que se pre- 

368 ....»......i.ün =s 






sentasen. Mi pensamiento pareció impracticable, y padeció muchas mur¬ 
muraciones, pero le adoptó el señor virrey marqués de Aviles, orde¬ 
nando lo verificase yo mismo. Al momento me desembaracé de las 
tales familias pobladoras que se me encargaron, porque no quisieron 
ir y habiéndome transferido a Batoví, he logrado en pocos meses fun¬ 
dar la villa de este nombre, y distribuir a pobladores voluntarios las 
tierras de la frontera desde Santa Tecla al Monte grande, echando a 
muchos portugueses que las poseían. En el día me hallo entendiendo 
en esto, y si las gravísimas atenciones actuales del Río de la Plata, 
hubiesen permitido facilitarme auxilios, me hubiera extendido mucho 
más. 

Considerando todo lo dicho, indicaré el reglamento conveniente, 
y a mi ver de urgente y absoluta necesidad para remediar todos los 
males. Se reduce a poner en práctica los puntos siguientes. Primero: 
dar libertad y tierras a los indios cristianos; pues de continuar la opre¬ 
sión en que viven, se irá a Portugal la mayor parte, como sucede ya. 
Segundo: reducir a los infieles Minuanes y Charrúas, ya sea pronta 
y ejecutivamente si hay bastante tropa, o si esta es poca, adelantar 
nuestras estancias, cubriéndolas siempre. Tercero: edificar en los terre¬ 
nos que ocupan los infieles, contenidos entre los ríos Negro e lbicui, y 
entre el Uruguay y la frontera del Brasil, capillas distantes de dieciseis 
a veinte leguas una de otra, y repartir las tierras en moderadas estancias 
de balde y con los ganados alzados que hay allí, a los que quieran 
establecerse cinco años personalmente, y no a los ausentes, sin preci¬ 
sar a ninguno a que haga casa y habite junto a la capilla, porque esto 
no se conseguiría siendo imposible a los pobres. Cuarto: precisar, a 
lo menos, a los cabezas de familia, a que tengan escopeta y municiones, 
haciéndoles entender que ellos han de costear las composturas, deterio¬ 
ros y pérdidas de cualquier especie, y revistándolas a menudo para 
castigar a los descuidados y poco instruidos en su manejo. No es re¬ 
gular decir que esto es impracticable, pues lo hacen los portugueses 
Quinto: formar del territorio destinado un gobierno separado del de 
Montevideo, con el sueldo de mil quinientos pesos. Sexto: dar títulos 
de propiedad de las tierras que tuviesen pobladas a los que no los tie¬ 
nen, y son los más desde el Río Negro a Montevideo, quitándoles las 
que no tengan bien pobladas para darlas a otros, siempre con la con¬ 
dición de vivir cinco años en ellas y tener armas listas. Séptimo: anular 
las compras que se hubiesen hecho fraudulentas, las de enormes exten¬ 
siones y las que no se hubiesen poblado en tiempo, repartiéndolas a 
pobres. Octavo: admitir en todas partes a los portugueses que vengan 
voluntariamente. Noveno: precisar a los pobladores desde el Río Negro 
a Montevideo a que edifiquen en cada dieciseis o veinte leguas, una 
iglesia por el estilo de la de Batoví, y a que pongan un maestro de 
escuela en recompensa de darles el título de propiedad que no tienen. 
Yo he tanteado a varios, y he visto que condescenderían con gusto. 
Décimo: señalar linderos fijos en todos los títulos, demarcándolos al¬ 
gún facultativo para evitar los pleitos que apestarían el país. Undé¬ 
cimo: establecer dos ferias anuales hacia las fronteras del Brasil, y 
establecer fiestas en las capillas, prohibiendo usen los campestres las 
indecentes botas que hoy hacen sacando entero el cuero de las piernas 
de las vacas y yeguas, matando para esto treinta mil reses anuales, y 
perdiéndose su procreo y el cuero. Duodécimo: exterminar los perros 
cimarrones, lo que no se conseguirá por los medios que se practican, 
sino trayendo de Cataluña la fruta silvestre llamada Mataca, para echar 
sus polvos sobre reses muertas, porque así perecerían todos sin remedio, 
y lo mismo los tigres y leones. 

Además se debe permitir vender a los portugueses nuestros pon¬ 
chos, jergas, pampas y todos nuestros géneros, porque tenemos muchos 
de que ellos carecen, y los solicitan y pagan bien. Igualmente debe ser 
lícita la extracción libre de caballos, asnos y muías, pagando la alcabala. 
Los portugueses tienen gravísima necesidad de tales animales para sur¬ 
tir al Brasil y sus minas donde no procrean, y faltándoles campos su¬ 
ficientes de buena calidad para su surtimiento, han menester com¬ 
prarnos más de setenta mil de aquellos animales, que a cinco pesos 
nos dejaría trescientos mil. Nos quejamos de sus continuos robos de 

.i.—.-. 369 








animales, y no advertimos, que es imposible evitarlos mientras no 
socorramos su absoluta necesidad, que es la que autoriza su proceder. 
Cortemos, pues, de raíz este mal, vendiéndoles lo que les es absoluta¬ 
mente preciso, y fertilicemos estas campañas dando una copiosa san¬ 
gría a las minas del Brasil. No nos harán falta tales animales, de los 
cuales tampoco saca hoy el erario un medio real, ni se conserva el 
fundamento de tal prohibición. 

Por lo que hace a cueros y sebo, pudiéndose llevar de todas partes 
al Río de la Plata, principalmente si se navegan, como creo sucederán 
en breve, los ríos Negro e Ibicuy, se podrá prohibir su extracción al 
Brasil. En cuanto a novillos, dudo si convendrá o no permitir la ex¬ 
tracción. Lo primero fomentaría las estancias; pero también las sala¬ 
zones portuguesas, y privaría al erario de los derechos en la venta de 
los novillos y de los muchos que le resultan en los cueros. Si para 
indemnizarse se quisiera cargar en la venta lo que importan tales dere¬ 
chos, esto equivaldría a una prohibición, porque los portugueses no 
los querrían tan caros. Por otra parte, y siendo difícil cortar estas 
ventas, tal vez convendría permitirlas con unos derechos algo subidos, 
y no en toda la frontera, sino únicamente a los pobladores del Norte 
del Río Negro, por estar muy distante de los saladeros de Montevideo, 
a donde no los podrían llevar sin considerable costo. Se podría no 
obstante evitar en gran parte la extracción, tomando anualmente razón 
del ganado en cada estancia, y a los dueños de la salida de los novillos 
correspondientes al procreo, según lo hacen los portugueses. 

Respecto a la introducción, yo no permitiría otra que de esclavos 
y monedas. Si se piensa que mis ideas fomentarían el contrabando, 
digo: que es un mal inevitable que nunca se hará con el escándalo y 
facilidad que en el día por estos descuentos: que tengo por imposible 
no caiga la balanza a nuestro favor, no pudiendo las ventas portugue¬ 
sas arribar al importe de nuestras muías, asnos y caballos, y que en 
tiempo de paz no pueden sus precios ser inferiores a los nuestros, sino 
en los géneros de la India, que son los que no gastan comunmente 
nuestros campestres. Indicaré otra providencia útilísima en la frontera. 
Vemos claramente que los portugueses desprecian los tratados, que 
usurpan nuestros terrenos, y que abrigan a todo ladrón y malhechor 
con impudencia increíble. En este concepto, exige el derecho de re¬ 
presalia, que no devolvamos a sus esclavos prófugos. Además lo dispuso 
así S. M. a consulta del supremo consejo, declarando, que aunque los 
tratados dispongan la restitución de esclavos, no se debía ni podía 
hacer, porque la fuga era medio lícito de conseguir la libertad, fun¬ 
dado en el derecho natural, contra quien no podía valer ninguna 
humana convención. Sin embargo, no se ejecutó tan justa y útilísima 
disposición, y algunos representaron repetidas veces contra ella, ha¬ 
ciéndose activos agentes de nuestros naturales enemigos, hasta que 
han logrado este año, por la vía del ministerio de Estado, y sin noticia 
del consejo, revocar aquella sabia disposición de éste, y restablecer 
la inhumana restitución. No se reflexionó la inconducta portuguesa en 
estas partes, ni sobre el derecho natural que queda violado, ni el 
grande bien del estado que se desprecia. Se alegó que estas haciendas 
se sostenían con esclavos, y que se perdería el país por su deserción. 
Pero se equivocaron mucho, porque tenemos muy raros esclavos en 
el campo, haciéndose todo por manos libres. De manera que íbamos 
a perder muy poco y aún nada, porque tratamos tan bien a nuestros 
esclavos, que no hay ejemplar de haber éstos procurado libertad, pu¬ 
diéndola conseguir yéndose a unir con los indios infieles, que en 
todas partes nos cercan. Los portugueses al contrario, los tratan como 
a asnos de carga; y teniendo cien esclavos por uno nosotros, su deser¬ 
ción sería forzosamente más de céntupla de la nuestra, lo que ocasio¬ 
naría un incremento increíble al bien público, sin más perjuicio que 
alguno muy corto a uno u otro particular. 

Entabladas las cosas bajo de estos principios, creo veríamos en 
breve, ricos, civiles y cristianos, a nuestros campesinos, cortando los 
robos, asegurada la frontera, y restablecidos los ganados. La población 
de Batoví y de sus campos, hace ver la facilidad y poco costo de lo 
que propongo. No hay más que hacer, sino arreglarse a estos modelos. 

370 ******** ...m. m . . .—.. 







Y ¡x: !c r_r Aue a ganados, ya hemos visto que llegamos a tener 
ochen zl - r_ir: millones. Si se pregunta el tiempo necesario para 
repo nemos, mgc: que cuando fui al Paraguay el año ochenta y tres, 
com amo* la mayor parte de la carne conducida de Corrientes, y que 
hoy hay al1: ¿os millones de reses sin más diligencia que haber prac¬ 
ticada el reparto de terrenos que le propongo. Digo también, que el 
hombre más instruido y práctico en la materia, y en cuentas, que es. 
den Antonio Obligado, ha hecho el cálculo muy por menor demos¬ 
trando que solas ciento veinte mil vacas, cuidadas según práctica, esto 
es, matando a su tiempo los toros no necesarios y las vacas viejas y 
machorras, y teniendo en cuenta con el, tiempo regular de su vida,, 
y con las faltas ordinarias, habría existentes a los treinta años, ochenta, 
y cinco millones cuatrocientos setenta y tres mil doscientas noventa y 
dos cabezas, de las cuales, las dos terceras panes serían hembras. De 
modo que el procreo del año treinta pasaría de veinte millones y daría 
igual número de cueros, con enorme cantidad de sebo, astas y carnes 
saladas. En estas se ejercitan ya más de mil hombres en treinta sala¬ 
deros, benefician ciento veinte mil novillos y puercos, y se pueden 
multiplicar estos obrajes, hasta proveer toda la marina del mundo, 
y a los negros y pobres de La Habana y otras partes. Si se pusiese el 
reparo a estas ideas, de que es muy difícil poblar con estancias las 
pampas del sur del Río de la Plata y que por consiguiente, con este 
desfalco no queda tierra para el número de ganados, que suponen mis. 
cálculos, contestaré que en el capítulo de mi obra sobre el Paraguay 
anterior al que aquí nos referimos, insinué el medio de vencer esta, 
dificultad, y que cuando no se consiga, nos queda siempre más de la. 
mitad de la extensión, que podrá dar la mitad del procreo: esto es, 
más de diez millones de cueros, sebo, etc, que valen en Europa a 
cuarenta y cinco pesos. Todas las minas o monedas de ambas Américas 
no arriban a la mitad. Se pensará acaso que fomentando el pastoreo, 
trato de conservar incultos a estos habitantes; pero no es así: quiero 
enriquecer al país, y sé que las ciencias y cultura buscan siempre a 
la opulencia. 

También pertenecen al pastoreo los quesos y mantequilla que po¬ 
drían hacerse tan buenos como en la Holanda; y la lana y pieles de 
oveja, y cabras que se pueden multiplicar al infinito, pariendo cada 
una tres hijos al año, y no necesitando más pastores que unos perros 
enseñados según dije en mi historia de los cuadrúpedos tratando del 
perro: de modo que enseñando a trasquilar con tijeras a propósito, 
habría aquí buena lana para todas las fábricas del mundo. Igualmente 
es cosa del campo el aprovechamiento de pieles finas cuales son las 
del tigre, león, venados, perros, lobos de ríos, zorros, zorrillos, huro¬ 
nes, comadrejas, liebres, nutrias, vizcachas, cisnes y plumas de aves¬ 
truces, garzas y chajás. Tal vez se dirá que tantos ganados necesitan 
inmensa extensión, que ésta encarece y dificulta el transporte a los 
embarcaderos, y que no tenemos las mil o más embarcaciones precisas 
para extraer todo lo dicho. Pero por fortuna nuestras vastas campañas 
son atravesadas por tres o cuatro ríos de primer orden y por muchí¬ 
simos que les tributan siendo navegables con buques de buen porte, y 
otros con embarcaciones chatas. Es notoriamente público que todos los 
caminos son llanos y correaos; que las bestias de transporte valen po¬ 
quísimo, sin que se les dé cubierto ni otra cosa que es pasto que hay 
en todas partes: que cuarenta años ha venía sólo una embarcación al 
año o cada dos: que en el año vienen sesenta y siete: que estos co¬ 
merciantes han construido diez y comprado cuarenta y dos. Desde el 
año de noventa y tres al de ochocientos, sin contar ciento setenta go¬ 
letas y lanchas que hacen cuatrocientos ochenta y cinco viajes redondos 
anuales a Montevideo, y al Uruguay; y que don Casimiro Necochea 
acaba de construir en el Paraguay una fragata de cuatrocientas tonela¬ 
das, y de resultas hay allí en astillero otros siete buques grandes. 
Todo esto hace esperar que habrá las embarcaciones necesarias dentro 
de breves años de paz, principalmente si se hace en el comercio el 
arreglo que en mi juicio necesita. Se pensará que hablo sin ver la 
escasez de gentes, para tanto pastoreo, y sin advertir que no puede 
Europa consumir tantas primeras materias. Pero no se me oculta que 


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diez millones de cueros anuales los pueden dar como treinta cabezas de 
ganado, que éstas se pueden cuidar con treinta y tres mil jornaleros, 
beneficiar con los cueros, carnes y sebos con quince mil, y extraer con 
veinticinco mil marineros; suman setenta y tres mil hombres, que casi 
pueden sacarse de los pueblos de indios dándoles libertad, porque se¬ 
guramente los más serían pastores o marineros. Y lo cierto es, que 
dichas primeras materias son de primera necesidad, y de infinito con¬ 
sumo en todo el mundo, y que ningún país las puede dar en tanta 
abundancia, de mejor calidad, y a tan moderado precio. 

No he tratado de los campos del Paraguay, porque, necesitan di¬ 
ferentes reflexiones que alargarían esta memoria. Tampoco he hablado 
del gran Chaco, aunque es una vastísima extensión que podría extraer 
sus productos por los ríos Paraguay y Paraná que le bañan trescientas 
leguas a lo largo, y por otros que les tributan. Mi silencio viene de 
que su población es más difícil por las muchas naciones guerreras e 
infieles que lo habitan; y porque cuando fuese cómoda y fácil, no de¬ 
beríamos pensar en ella por ahora, sino atender a lo más urgente; esto 
es a contener las usurpaciones fronterizas, y asegurar nuestros domi¬ 
nios, porque estando el Chaco donde nadie nos le puede disputar, da 
tiempo su población. Esta puede ser todo lo extensa que se quiera 
porque el terreno lo permite y sus producciones son las mejores para 
enriquecer al país bien administrado, y para que la España tenga allí 
una rica mina, siempre que se pongan en planta las ideas que he 
enunciado para el Río de la Plata, y que se trata de variar de con¬ 
ducta en cuanto al modo de gobernar el país, porque de seguirse como 
en el Paraguay, nadie sería capaz de poblar debidamente un país en 
el que se encontrarán más dificultades que en los ya expresados. 

Batoví de Azara, nueve de mayo de mil ochocientos uno. 


TAPA: Un fantástico Cerro de Montevideo fue el que transmitió a sus 
contemporáneos William Gregory en 1799 . 


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Seis viajeros del siglo XVIII, partícipes de la mayor 
revolución intelectual que conoció la humanidad, 
dan el testimonio - fugaz o seriamente documen¬ 
tado - de su paso por la Banda Oriental y muestran 
el proceso evolutivo de una tierra que se encami¬ 
naba a la revolución. 


ENCICLOPEDIA 

Copyright Editorial ARCA S. R. L., Colonia 1263, Montevideo. 
Impreso en Uruguay en Impresora Uruguaya Colombino S. A., 
Juncal 1511, Montevideo. Diseño, Artegraf. Edición amparada 
en el Art. 79 de la ley 13.349. (Comisión del Papel). 
Agosto de 1968. 

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